En el artículo “Cambio interior. Por qué y para qué”, comenté sobre cómo nuestra mente es parecida a un ordenador, al cual le vamos instalando programas. Estos programas van dando forma a nuestra personalidad, al ‘yo’ actual. Crean de esta forma sistemas de creencias en nosotros.

También se comentó cómo es posible instalar programas de diferentes temas para ir cambiando esa personalidad hacia algo distinto, más en consonancia con lo que deseamos ser.

Esto es un claro indicio de nuestra capacidad de poder cambiar nuestro “código fuente”, reescribir la personalidad, la cual no es algo fijo. Nuestro ‘yo’ está en constante cambio, lo cual es una bendición. Se podría decir que en esencia, una persona siempre es de una manera similar. Pero creo que incluso esto, la llamada esencia o naturaleza más íntima de uno mismo, también se encuentra en un flujo de constante cambio y renovación.

Es por ello que esta personalidad está basada en una serie de creencias que has ido aprendiendo a lo largo de tu vida. Conceptos que has incorporado a tu forma de ser, creando así un paradigma sobre el cual se establece la persona que eres a día de hoy.

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Cambiando en el flujo del tiempo

Quizás hace una década pensabas que eras incapaz de hacer algo, y en los años venideros diversas situaciones te han demostrado que fuiste totalmente apto para realizarlo, cambiando así parte de tu concepto sobre ti mismo. O igual pensabas algo sobre alguien en concreto, y el tiempo y las experiencias te demostraron que estabas equivocado, dando así paso a una opinión diferente de la que tenías. Esto es también aplicable a cosas como lo que uno quiere en la vida, las metas y objetivos.

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Los sistemas de creencias, las opiniones, cambian a lo largo del tiempo. Es por ello que creo que incluso esa esencia de la que hablaba antes es maleable, cambia según vamos experimentando en nuestra vida. Hay una frase que me encanta (de entre las muchas que tiene) de Muhammad Ali, la cual dice: “Un hombre que ve el mundo a los cincuenta años igual que a los veinte, ha perdido treinta años de vida”.

Aquella persona que es siempre igual, que está aferrado a los mismos conceptos e ideas a lo largo de su vida, que no cambia nunca, es una persona muy rígida. Puede ser que lo que le falte es aprender más, tener experiencias. Pero si aun teniéndolas, leyendo libros y abriéndose a captar más conocimientos no modifica su interior, lo que le ocurre es que tiene plantado un fuerte escudo ante el cambio y la aceptación de que sus ideas y creencias pueden estar no solo desfasadas, sino también equivocadas. Así es el orgullo en ocasiones: algo totalmente fuera de la razón y el sentido común.

¿Quién soy en realidad?

Todo esto nos lleva a plantearnos interesantes preguntas. ¿Quién soy a día de hoy? ¿Quién seré mañana? ¿Realmente soy ‘algo’ más allá del compendio de cosas que creo, o no soy más que un aglomerado de opiniones y creencias? Si mi sistema interior es como un ordenador, al cual le puedo instalar y desinstalar programas, ¿qué puedo hacer para poner aquello que deseo, y sacar de mí lo que tanto tiempo me lleva molestando, esos temas que me crean diversos problemas en mi vida?

Todas estas preguntas (y muchas más) que pueden asaltarnos, y en ocasiones causarnos alguna especie de caos porque el sentirse perdido en lo que se refiere a la identidad es como una pequeña ‘muerte’, en realidad son una bendición. No hay nada mejor que cuestionarse a uno mismo, ponerse en duda, para comenzar a salir de aquellos programas que llevamos arrastrando desde hace tiempo.

Darse cuenta de que lo que piensas quizá esté equivocado, no sirva o no seas tú en realidad (el concepto nuevo de ti mismo que estás comenzando a crear), es el salto primerizo y necesario a realizar para comenzar una nueva andadura en la transformación personal.

Antes hablaba de caos, y en verdad esto es lo que puede ocurrir cuando vas dejando atrás la vieja identidad para abrazar una nueva. Ciertos procesos pueden ser dolorosos, al igual que lo es un parto. Pero que no te asuste pasar por algo así. Se podría decir que es como el caso de la serpiente, que en su crecimiento abandona la vieja piel para vestir la nueva.

Soltando los viejos programas

Es en medio de la tormenta cuando uno puede elegir un nuevo rumbo al que dirigirse. Es en estos procesos en los que cuestionas lo que creías y pensabas, sobre ti mismo y el resto, donde puedes elegir qué cosas has de soltar, pues ya no te valen. Aquellas creencias y programas sobre diversos temas que vivieron contigo tanto tiempo, ahora comienzan a molestar. Es más: ya no te sientes a gusto con ello.

Pesan, lastran, hunden… es hora de dejarlos ir.

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El problema es que estamos muy acostumbrados a cargar con ciertas actitudes y pensamientos. Están tan unidos a nosotros, que no vemos forma de soltarlos. Porque cuando decides dejar de ser de una manera concreta, o de creer en algo, ¿qué es lo que queda? Una especie de vacío.

Imagina que quieres deshacerte de tu ropa vieja. Abres tu armario, y comienzas a descartar lo que ya no quieres: “esto ya no me gusta… esto tiene demasiado tiempo… esto ya no me sirve… esto me lo he puesto demasiadas veces, ya me aburre…”. Y así, tras un buen rato descartando, finalizas la tarea.

¿Qué es lo que queda? Un espacio amplio, semivacío, que a primera vista da la sensación de que faltan muchas cosas. Puede ser incluso una imagen un tanto deprimente…

Algo así puede sucederte cuando comienzas a realizar una limpieza interior. Cuando dejas ir los viejos sistemas de creencias y programas sobre multitud de temas, porque ya no te identificas con ellos, porque no los sientes parte de ti. Entonces queda el vacío, el espacio por rellenar.

Volviendo al ejemplo del vestuario, el siguiente paso sería realizar unas compras. Vas a diversas tiendas, y comienzas a adquirir ropa que encaja con lo que quieres ahora: colores, moda, estilo diferente… De esta manera, al volver a casa y colocar el nuevo vestuario en el armario, ahora ese espacio que antes había está de nuevo repleto. Y la impresión que te da es muy diferente. Antes veías cosas que no te gustaban, que te aburrían, que ya no las sentías para ti. Ahora ves nuevos colores, formas, que encajan más con tu momento actual y que te hacen estar ilusionado con vestirlas.

Realizando el cambio

Con el cambio de sistemas de creencias y programas, es algo muy parecido. Los viejos sistemas de creencias han de ser suplantados por nuevos. Los antiguos programas, renovados por otros diferentes. De esta forma no sentirás el vacío, que algo te falta. El trabajo será más sencillo.

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Si por ejemplo deseas cambiar un programa de mala alimentación, el programa sustitutivo ha de ser uno de buena alimentación. Pero ahí no acaba la cosa. Imaginemos que disfrutas de cierta comida poco saludable, pero que por su sabor estás ‘enganchado’. Pretender cambiar esta comida por algo poco sabroso, como podría ser un plato de verdura cocida, puede crearte un rechazo casi automático. Ojo, ¡no estoy criticando el poder y el sabor de la verdura cocida! Me parece deliciosa y una alimentación óptima. Lo que quiero decir es que el cambio puede ser demasiado radical. Y aunque tengas ganas de realizar una modificación en tu conducta alimentaria, hay cambios que necesitan de un proceso paulatino.

En vez de un plato de verdura cocida, ¿qué tal una ensalada donde pongas muchos ingredientes sabrosos? ¿O un plato de arroz con vegetales, bien condimentado? Tu paladar, aunque note el cambio, no lo sentirá tan violento debido a que la sustitución de los sabores no pasa de un polo al opuesto. El tránsito será más sencillo y llevadero. Y de esta forma, poco a poco, podrás ir realizando cambios que te serán más fáciles de asimilar y de instalar en tu rutina diaria.

¿Por qué crees que fallan todos esos propósitos del tipo “el lunes me pongo a dieta, me apunto al gimnasio, dejo de tomar cervezas, me voy a cuidar como jamás lo había hecho…”? Porque los cambios son tan radicales, que aunque haya muchas ganas de realizarlos, el choque es demasiado fuerte en lo que a nuestras costumbres se refiere. Y lo que el cuerpo-mente está acostumbrado.

Es por ello que el plan es mantenido durante apenas unos días, porque los viejos programas están siendo sustituidos “a la fuerza”, con violencia, radicalmente. Y estas situaciones sólo funcionan en algunos casos, donde la persona por sus características personales sea capaz de llevarlos a cabo. A cada uno le funciona un método distinto. Existen aquellos a que funcionan bien con golpes de voluntad fuertes y marcados, y los que necesitan procesos menos radicales, más progresivos, caminando lentos pero seguros. Un método no es mejor que otro. Lo importante es encontrar el tuyo y no querer imitar el de los demás, imponiéndolo, y pretender mantenerlo aunque no te esté funcionando.

Diversos sistemas de creencias

Los sistemas de creencias o programas se componen de toda aquella información que hay en ti sobre cómo experimentas tu realidad. Y, evidentemente, tocan todos los palos: los ideales políticos, los gustos deportivos, las opiniones sobre los demás (lo que hacen y dejan de hacer, y tus juicios al respecto), la moda, el estado financiero, la sociedad, lo que necesitas y lo que no…

¡Todo son creencias! Y éstas llegaron a ti en el algún momento, formándose en tu interior, arraigándose, echando raíces. Pero déjame decirte que eso no eres tú. Piensa siempre en el ejemplo del ordenador, donde instalas y desinstalas programas. Éstos no son el ordenador, son únicamente información que se agrega al mismo.

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De igual forma, tú no eres las opiniones que tengas, pues éstas son variables dependiendo del momento de tu vida en el que te encuentres. Un ejemplo rápido podría ser que tiempo atrás tus películas favoritas eran las de acción, y ahora te gustan más las de ciencia-ficción. O quizás antes apoyabas un partido político, y ahora te inclinas más hacia otro.

Esto nos debe hacer recapacitar en varios puntos:

  • El respeto hacia lo que opinan los demás. Nadie tiene razón y todo el mundo la tiene. Todo depende de aquello en lo que se crea en un momento dado.
  • Identificarse con lo que uno opina es algo erróneo. Pues nuestras opiniones cambian con el tiempo. Y una persona, su esencia, va mucho más allá de las creencias que tenga en el presente.
  • Elegir a nivel consciente lo que uno quiere ser es factible. No existe eso de “yo no valgo para tal cosa”, pues eso es una creencia fruto de una experiencia. Y puede ser sustituida por justo lo contrario, teniendo confianza en que si algo no salió bien una vez, no significa que vaya a ser así siempre. Generalmente, la constancia es el camino que nos lleva al objetivo.

Dentro de los sistemas de creencias, podemos englobar éstas en dos grupos generales:

  • Creencias racionales: son aquellas que tienen un fin constructivo para uno mismo. Son motivadoras, nos impulsan al cambio, el crecimiento, la mejora personal, potencian la autoestima…
  • Creencias irracionales: éstas son de género autodestructivo. Son juicios contra uno mismo, críticas, enfoque es los supuestos defectos o deficiencias de nuestra persona.

Conclusiones

Los sistemas de creencias, como programas que son, fueron instalados en un momento dado de nuestra vida, y así le sucede a cualquier ser humano del mundo. Llegaron por algún evento concreto, o el cúmulo de ellos, y se hicieron hueco en nuestra mente. Cuando alguna idea queda anclada, al darle nuestra fe y creencia, pasa a ser interiorizada a tal nivel que comienza a desarrollar emociones. Y las emociones son las que comienzan a transformar nuestra vida.

Una creencia positiva, del tipo “soy capaz de realizar todo aquello que me propongo”, generará emociones del mismo calibre, lo que resultará en un estado de ánimo enérgico, constructivo, con ideas y emociones que impulsarán nuestra persona hacia cambios y acciones que nos acercarán hacia aquello que queramos. Y eso se traducirá en conceptos de abundancia y plenitud.

En el polo opuesto, un programa como “nada me sale bien… no sirvo” generará en la persona una actitud derrotista, que adelantará el fracaso antes siquiera de haber comenzado algo. Invertirá en sus propósitos energía insuficiente, ya que al tener instalado el programa de escasez y falta de recursos, sus acciones se encontrarán a la defensiva. Cree de antemano que no saldrá bien lo que haga. Que no logrará sus metas. Que va a obtener un nuevo fracaso.

Pero todo esto no es más que una elección personal. Uno mismo puede elegir si quiere pensar y creer de una forma determinada u otra. El cambio es posible, es accesible para cualquier persona, dando igual las circunstancias del momento presente.

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Todo es cuestión de comenzar a programarse con ideas constructivas, sustituyendo las viejas por las nuevas (recordemos el ejemplo del armario y la renovación del vestuario) Tener paciencia en el proceso, pues llevará su tiempo, ser constante y, ante todo, tener esperanza, fe y creencia en que podemos lograrlo.

Como dijo una vez el genial Woody Allen: “el 90% del éxito se basa simplemente en insistir”.

No cejes en tus intentos de mejora. Eres un ser con un grandísimo potencial, ¡mucho mayor del que jamás habrías imaginado! Sólo has de comenzar a creer en ti, empezar a decirte cosas bonitas y amables. Dejar de lado los discursos negativos (aunque cueste, lo sé, pero igualmente sé que se puede hacer con dedicación y constancia, día a día) y apostar por el hecho de que al igual que otros pudieron, tú puedes. Ellos no tienen nada especial que los haga diferentes. La única diferencia que puede haber es en lo que piensan. En lo que se enfocan, en lo que se dicen a sí mismos.

Espero que esta lectura haya podido arrojar algo de luz en tus ideas y aprendizaje sobre los sistemas de creencias. Si quieres decir algo al respecto, deja aquí abajo un comentario. Estaré encantado de leerte y contestar.

Un abrazo.

Óscar Martín.

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