En esta sociedad moderna en la que vivimos ser vulnerable, sentirse así, no está bien visto.

Somos educados para mostrarnos fuertes ante los demás. Vendemos imagen. Nos importa más lo que piensen los otros que lo que pensamos de nosotros mismos.

Pero esto no es algo nuevo, fruto de las tendencias actuales.

Creo que es, más bien, una herencia del pasado. Donde el más fuerte dominaba al débil. Algo que aun con el paso del tiempo y ya en la era del pensamiento racional, el civismo, sigue  sucediendo.

Seguimos íntimamente ligados a la “ley de la selva”, donde ser fuerte es vital para la supervivencia.

Pero, ¿qué nos ocurre cuando nos sentimos vulnerables? ¿Cómo compaginamos esa faceta en un mundo donde se nos educa para mostrar una imagen fuerte?

Vamos a tratar este interesante  tema. Porque nos va la salud emocional en ello…

El origen de todo

Cuando se habla de vulnerabilidad, irremediablemente se trata con un tema clave: el trauma.

Al nacer, llegamos limpios en lo que se refiere a situaciones vividas. Nuestro cerebro se encuentra virgen de recuerdos y experiencias. No hay bagaje que recordar. No hay recuerdos (ni ‘buenos’ ni ‘malos’) que nos asalten en el día a día.

Con el transcurrir del tiempo y el crecimiento, comienzan a registrase en nuestro interior aquellas situaciones que vamos atravesando. Muchas de ellas son hermosas, gratificantes. Otras, sin embargo, nos dejan amargos recuerdos. Y aunque estoy totalmente conforme la idea de que no existen situaciones malas, pues todo es puro aprendizaje, soy consciente de la carga emocional que dejan.

Las emociones grabadas en nuestro interior son aquello que marca la diferencia.

Un recuerdo, por sí mismo, no es nada si no lo acompaña una carga emocional CLICK PARA TWITTEAR

Puedes, por ejemplo, recordar que ayer pasaste frente a un establecimiento, y al recordar su escaparate, ver en tu mente lo que observaste en ese momento. Y darte totalmente igual.

Esto es debido a que nada llamó tu atención de forma emocional. No viste un objeto que te llenó de admiración, gusto, pasión. Así como tampoco sentiste un rechazo.

No te importó lo observado. Por lo tanto su recuerdo es inocuo -emocionalmente hablando- para ti. Es más, seguramente en breve lo olvides de tus recuerdos. No tiene utilidad para ti.

Son las emociones las que hacen que una experiencia quede grabada “a fuego” en tu mente. Y al recordar el evento, podrás sentir de nuevo esas emociones almacenadas y relacionadas con lo que sucedió.

La vulnerabilidad del niño

Volviendo al tema de la niñez, aquellos inocentes años donde apenas tenías experiencias, la situación en la que se encuentra un infante es de gran vulnerabilidad, pues aún no dispone de un desarrollo y fortaleza emocional ante los eventos que atraviesa.

Por ello los niños son tan sumamente expresivos y explosivos en lo que a las emociones se refiere. Las viven al máximo, con naturalidad. Y tienen la capacidad de pasar de un polo a otro por la gestión que tienen de ellas, aparte de otras conductas psicológicas como podría ser el no disponer de rencor (quedarse anclado en un recuerdo/emoción del pasado que limita y condiciona en el momento presente)

Esta situación hace que un niño sea totalmente vulnerable. Y las situaciones emocionales extremas, como los traumas, quedarán grabados en su interior.

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Creemos, desde el punto de vista de los adultos, que el niño olvidará fácilmente lo ocurrido. Pero cuando decimos esto, cometemos el gran error de no observarnos a nosotros mismos y comprobar todos aquellos recuerdos traumáticos que tenemos a día de hoy. De situaciones de nuestra niñez que vivimos con extrema pasión.

Sin embargo, en nuestro pensamiento racional y lógico de adulto, a veces creemos que eso que en el pasado nos ocurrió no nos condiciona a día de hoy.

Atrás quedó todo, en una época ya muy lejana, cuyo recuerdo no nos remueve ni altera. Pensamos que las carencias, deficiencias e inseguridades que sentimos hoy en día son fruto de lo vivido siendo adultos.

Y aunque en ocasiones pueda ser cierto, pues en la vida del adulto se experimentan situaciones que no ocurren siendo niños, nuevas y ante las cuales no disponemos de bagaje previo, lo cierto es que a la hora de la verdad, si comenzamos a tirar del hilo (de por qué ocurrió algo a día de hoy, o por qué nos comportamos como lo hicimos ante una experiencia), nos daremos cuenta que podremos llegar, como origen, a algún evento de nuestra infancia.

Reviviendo un trauma

Un ejemplo podría ser recordar con amargura la primera vez que te enfrentaste a tu jefe en un trabajo. Te sentiste inseguro e impotente, sin capacidad para expresar tu punto de vista debido al rol de empleado que estás interpretando. Una parte de ti sabe que el hecho de que existiera una diferencia entre los dos (jefe y empleado) no significa que debas callarte, sumiso, sin decir lo que piensas, con total rendición hacia la otra persona.

Pero no lo hiciste. Y crees que lo que te faltó en ese momento fue valor ante una experiencia nueva para ti. Pero la verdad es que no era nueva. Tal vez el contexto sí, pero ya con anterioridad has vivido situaciones de esa índole ante dos de las figuras más importantes que has tenido en tu vida: tu padre y tu madre.

Si tuviste, por ejemplo, un padre autoritario, de los que no permiten llevarle la contraria y que espera -y obliga- que su criterio sea aceptado de forma íntegra, ¿crees que eso no te va a marcar? ¿Piensas que aquella sumisión a la que fuiste obligado no dejará en ti emociones reprimidas, que tarde o temprano darán la cara?

Y la forma en la que lo hacen es en experiencias homólogas. Es por ello que personas con traumas de este tipo, si no se han trabajado interiormente, ante una situación similar reaccionarán de dos formas de manera automática:

  • Sumisión. Repiten el rol del pasado. Aceptan, sin elevar ni declarar su opinión, lo que les digan, sufriendo internamente la frustración.
  • Violencia. Se resisten, no aceptan, no quieren dialogar ni la vía diplomática. Atacan para no sentirse atacados de nuevo. Usan la rebeldía y la contrariedad a lo que les dicen para imponerse.

Ambas reacciones son desequilibradas, fruto de una situación pasada que ha echado raíces en el interior de la persona que lo vivió.

Si la persona que experimenta esta situación hubiese trabajado esas emociones y recuerdos estancados, ante el ejemplo de enfrentarse a un jefe autoritario, habría reaccionado de la siguiente manera:

  • No proyección. No proyectará en la experiencia vivida traumas y situaciones del pasado.
  • Expresión controlada. Sabrá decir lo que opina, lo que quiere, lo que siente y piensa de la situación, sin que ello implique una explosión de emociones como la tristeza, el rechazo o la rabia.
  • Aceptación. Cualquiera que trabaja sabe que cuando un jefe te dice que hagas una tarea (siendo lo solicitado algo normal en tus funciones laborales), ha de ser aceptada. En este caso no habrá recuerdos de una aceptación en el pasado de algo que no se quería, y a lo que fue obligado.

Baile de máscaras

mascaras

Cuando crecemos hacia la situación de adulto, el madurar nos ayuda en muchos aspectos. Si nos preocupamos por resolver asuntos pendientes podemos desarrollar actitudes que nos ofrezcan un paliativo ante determinados estados.

Esto es muy beneficioso, pues puede ayudarnos a salir de conductas que son limitantes en nuestro desarrollo personal.

Pero podemos encontrarnos con un problema. Y este es el de sepultar dentro de nosotros un aspecto que necesita ser tratado de otra forma.

Imaginemos a una persona que tiene ciertas inseguridades y complejos, provenientes de su niñez. Ya siendo adulto decide superar esos baches del pasado y desarrollar una actitud contraria.

Si antes era introvertido, ahora será extrovertido. Si se sentía débil e incapaz, ahora comenzará a creer en su fortaleza y poder personal. Si creía de sí mismo que nada le sale bien, se programará para creer en el éxito, pues si otros han podido conseguirlo… ¿por qué no iba a poder él?

Si otros pudieron, ¿por qué yo no voy a poder? Decido creer en mí y mi potencial CLICK PARA TWITTEAR

Yo, sinceramente, admiro a la gente así. Pues no se rinden a frases como “cada uno es como es”, sino que se ocupan de realizar un cambio interior, como comenté en el artículo “Cambio interior. Por qué y para qué”.

Deciden por sí mismos que su vida está en sus manos. Son el capitán y timonel de su propio barco, y ellos deciden el rumbo y destino.

¡Bravo por ellos!

Pero no debemos olvidar algo. Esta nueva actitud, que es positiva, constructiva y muy aconsejable, se trata de una máscara que oculta algo.

Sería algo así como si llevas una camiseta que tiene una mancha, y la solución por la que optas es ponerte encima otra camiseta que no tiene ninguna. Lo primero que se ve, a simple vista, es el aspecto limpio de la prenda que llevas expuesta.

¿Pero qué sucede cuando te la quitas? Que se revela lo que se encuentra debajo: la mancha que querías ocultar.

La vulnerabilidad

Cuando usas actitudes y máscaras para evitar ser vulnerable, puede ser que estés realizando un acto de crecimiento personal y superación. Pero si el origen no es sanado, vas a llevar siempre contigo algo que dará la cara cuando la actitud que has elegido interpretar desaparezca debido a un evento o circunstancia.

Pero claro, como decía al principio, se nos ha enseñado y educado para mostrarnos fuertes ante los demás. Los otros han de ver nuestro aspecto positivo y luchador. Se considera débil mostrarse vulnerable.

Nos espanta alguien así, pues queremos ver en los otros aquello que nos gusta para nosotros mismos. Y eso es alguien con fortaleza, que no se hunde ante los eventos del pasado.

Que no se queja, no llora, no tiene una actitud victimista.

Todo ello para no ser rechazados por los demás.

Nos educan para ser fuertes y evitar el rechazo los demás. Permítete ser vulnerable CLICK PARA TWITTEAR

Elegimos, como modelo a seguir, a otros que tienen actitudes de éxito, superación. Queremos ser como ellos para superarnos a nosotros mismos, y rechazamos y reprimimos aquellos traumas y heridas que llevamos en nuestro interior.

Todo esto nos servirá en una época, o durante la mayor parte del tiempo. Pero como decía antes, tarde o temprano dará la cara.

Un ejemplo muy significativo puede ser que metas bajo el agua una pelota hinchable de playa, y la aguantes bajo la superficie con tus manos. Mientras que éstas la agarren, la pelota se encontrará sumergida. Pero en el momento que la suelten, ascenderá a la superficie a toda velocidad, irrumpiendo con violencia, sin importar lo que se encuentre encima en ese momento.

¿Qué podemos hacer entonces? Si es bueno generar una actitud de éxito y superación, pero en realidad no lo es tanto si ello reprime aquellas heridas que tenemos, ¿cómo hemos de actuar?

Ser vulnerable es la solución

De lo que se trata es que nos permitamos a nosotros mismos ser vulnerables. Que entendamos que esa parte herida se encuentra en nosotros, y que ha de ser atendida.

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No mediante la negación o el encubrimiento. Sino a través de la conciencia y la libertad de expresión.

Como hemos visto hasta ahora, se genera un evento de “acción-reacción”, “problema-solución”.

Tenemos una situación (una trauma, una herida del pasado) y para no permitir que nos condicione, generamos una actitud y/o programa que nos ayude a sobrellevarlo y así, además, superarnos a nosotros mismos.

Perfecto.

Pero hay un siguiente paso. Y es volver al origen.

Así que tras haber conseguido crear una actitud de superación y entender que somos capaces de llegar a mucho más de lo que imaginábamos, aun a pesar de aquello que nos sucedió en el pasado, lo siguiente que toca es darle salida a aquello que hemos dejado muy en el fondo de nosotros.

Hemos de liberarlo.

Hay que quitarle presión.

Como una olla que se encuentra herméticamente cerrada apoyada sobre un fuego, y en cuyo interior hay agua en ebullición. Si no tiene una válvula de escape para liberar la presión interna, llegará un momento en el que explote.

Puede ser que lo primero que ocurra es que la olla, el recipiente físico, comience a deformarse, hincharse (una analogía perfecta de lo que es una enfermedad psicosomática), para más adelante no soportar la presión y reventar.

Liberando la tensión

Una de las mejores formas de liberar la tensión acumulada es revivir la experiencia pasada. Pero no, no se trata de quedarse ahí, desde una actitud de víctima que nada puede hacer.

De lo que se trata es de revivir, recordar… y expresar.

Llorar, gritar, maldecir, golpear, patalear… Sacar toda la tensión que hay dentro. Y sí, también sentirse una víctima que reclama por qué le ocurrió algo tan horrible, qué hizo tan malo para merecer aquello que le pasó a ese niño inocente, indefenso y desamparado.

Expresando lo que llevas en tu interior alcanzas paz y calma, frutos de la liberación CLICK PARA TWITTEAR

Esta expresión de emociones reprimidas hará, como en el ejemplo de la olla, que exista una válvula de escape. Donde primero se liberará la emoción contenida, para más tarde observar lo sucedido desde una perspectiva más adulta y madura.

Y es ahí cuando aquella actitud de superación y crecimiento que habíamos creado, nos servirá para liberar totalmente lo sucedido.

Es por ello que hemos de sentirnos vulnerable cada cierto tiempo, sin reprimirnos emocionalmente. Hemos de poder sentir y expresar con libertad. Pues aquello que no logres sacar se convertirá en el germen de un problema futuro, echando raíces en tu interior que tarde o temprano florecerán.

Suelta la máscara

seguridad

Vamos a tener muchos eventos y situaciones que nos recordarán traumas del pasado. Enfrentaremos las emociones reprimidas en más de una ocasión.

La vida se encargará de poner ante nosotros ‘espejos’ que reflejarán aquello que habita en nuestro interior. En una zona oscura, oculta, donde hemos relegado algo que no deseamos en nuestra vida, pues nos llena de dolor.

Pero la única forma de sanarlo es iluminar ese interior, aquella cueva donde se encuentra reprimida una parte de nosotros. Donde hemos encerrado a un niño triste y herido, porque dejarlo libre nos condiciona a día de hoy.

Y ya estamos hartos de sufrir. ¡No podemos ir así por la vida, cargados de complejos, problemas, tristezas y carencias!

Pero tampoco podemos hacer que no existe. Olvidarlo, desterrarlo, como si no fuera con nosotros.

Porque sí, sí que nos concierne. Es una parte nuestra. Y hemos de atenderla para que se exprese y libere toda aquella presión que lleva sosteniendo desde hace tantos años.

En esta situación, el mejor consejo o indicación que puedo darte es que te permitas ser vulnerable. Quítate la máscara que oculta aquello que no te gusta.

Permite que se exprese. Permítete sentirte de nuevo débil, vulnerable, herido, dolido… Déjalo salir para que la luz lo rodee y lo inunde. Lo cubra, lo sane.

Ten momentos donde, ante una situación, te permitas ser más natural, y no un robot con unas órdenes y programas que le has impuesto.

Si algo te hace daño, siéntelo. Cuando una situación te duele, siente ese dolor. Si una circunstancia te afecta, permite que así sea.

Vive esas emociones, no las reprimas, pues están en tu vida para enseñarte a aceptarlas y liberar las tensiones del pasado.

Y luego… vuelve a tu actitud madura, de superación. Para recordarte, una vez más, que eres quien eliges ser. Que aceptas lo que te ocurrió en el pasado, pero que eso no te va a condicionar en el futuro.

Aceptas lo sucedido porque eres una persona sabia. Aceptas, pero no te resignas, como si nada pudieras hacer al respecto.

Dejas que exista la expresión, no la represión, pues esto último sólo conseguirá que vivas un infierno interior. De cara al exterior ofrecerás una imagen de grandeza. Pero en tu intimidad sabrás que no es más que una máscara que te has puesto.

Conclusiones

Alumbrar las zonas oscuras es el camino hacia la liberación de aquello que tanto daño te hizo. Y para que la luz entre hay que abrir ese espacio, observarlo, sentirlo, permitir que exista. Sacarlo fuera, que sea expuesto.

Tal vez puedas pensar que ya has pasado mucho tiempo sufriendo por cosas del pasado, y qué utilidad puede tener el volver a revivirlo, si justamente has estado trabajando interiormente para generar una actitud ganadora ante ello.

De lo que se trata no es de vivir, perpetuamente, en una actitud de víctima. Condicionado por lo que te sucedió, llevando por bandera el “pobre de mí”, sino permitir sentir la vulnerabilidad de lo sucedido para liberar la tensión acumulada.

Y después aplicar el crecimiento que has obtenido a lo largo de estos años, pudiendo observar todo desde una nueva perspectiva. Más amable, compasiva, consciente y, ante todo, amorosa hacia ti mismo.

Me gustaría que este artículo te ofrezca alguna ayuda en tu propio proceso personal. Y que puedas encontrar en ti el permiso para sentirte vulnerable, llegando a ello a sanar aquello que se encuentra herido en tu interior.

Será un placer que comentes aquí abajo alguna experiencia tuya, o lo que te apetezca relacionado con este tema. Quiero que tengamos una relación más cercana, así que no dudes es dejarme un comentario 🙂

Un abrazo.

Óscar Martín.

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