A lo largo de nuestra vida tenemos un sin fin de experiencias. Situaciones diferentes donde se tocan todos los aspectos posibles de nuestra persona.

En muchas ocasiones vemos que hay eventos que son predecibles, según el ritmo que lleve nuestra vida. Algo así como “si sigues por ese camino, llegarás a tal destino”.

Pero esto parece ser que no siempre es así. Porque, ¿qué ocurre con esas experiencias que llegan a nuestra vida fruto del azar? Ahí no encaja eso de prever las experiencias debido al camino que llevábamos.

¿Ocurren cosas por casualidad? ¿Nos encontramos por azar con ciertas personas o vivimos fortuitamente algunas experiencias? Siendo así, ¿cómo encaja eso en que gracias a haber tenido algunas experiencias, hemos llegado a un lugar o destino donde nos sentimos agradecidos por lo que hemos alcanzado?

En este artículo hablaremos sobre la vida, lo que en ella sucede y si es cierto que conviene tener incluso algunas de las más dolorosas y traumáticas experiencias…

Sucesos que llegan a nuestra vida

Como decía al principio, vamos pasando a lo largo de nuestra vida por diversos acontecimientos. Muchos son
favorables. Otros, pueden convertirse en los peores infiernos que una persona pueda experimentar.

Desde la alegría por el nacimiento de un niño o el encuentro con un compañero/a con quien compartir la vida, hasta la muerte de un ser querido o el sufrimiento de una grave enfermedad, la vida está formada de multitud de situaciones donde nuestro estado emocional es sometido a diversos movimientos.

Cuando sucede una experiencia que favorece (según nuestro criterio), nos sentimos afortunados, pareciendo que la vida nos sonríe. Pero cuando nos toca vivir un hecho que consideramos negativo, o dramático, nuestro concepto cambia totalmente: la desdicha puede campar a sus anchas y los estados depresivos son experimentados en cierta media.

Todo acontecimiento deja en nosotros una huella emocional. Y dependiendo de la importancia, dicha huella será más o menos profunda. Algunos eventos marcan puntos de inflexión en nuestra vida, haciendo que ésta se transforme o ya no se como antes. Para que algo así suceda, la situación ocurrida ha de tener un fuerte impacto emocional en la persona que lo experimenta. Tanto que ha de sentirse “marcada” por lo ocurrido.

Creo que todos hemos pasado por situaciones así, pudiendo decir (o escuchar en bocas de otros) cosas como:

  • Desde que aquello ocurrió, no he sido la misma persona“.
  • No levanta cabeza desde aquel acontecimiento“.
  • La pérdida que sufrió hizo que sus prioridades cambiasen“.
  • Etc…

La vida se compone de eventos, y algunos destacan ante los demás de una forma sobresaliente.

Buscando un sentido a lo que nos sucede

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Creo que hay algo que es de suma importancia, y esto es analizar el porqué de las experiencias que llegan a nuestra vida. Cuando nos sucede algo que nos conviene, como decía antes, lo atribuimos a algo así como haber experimentado un golpe de suerte.

Cuando es algo negativo, sucede lo contrario: un golpe de mala suerte, un infortunio, una desdicha…

Pero si nos paramos a analizar, podremos ver que muchas cosas que nos ocurren no son para nada fortuitas. Y que la suerte no tiene nada que ver. De hecho, el factor “suerte” no existe. No es más que una palabra inventada para darle algún tipo de significado a algo a lo que no le damos explicación.

Más bien pareciera que existe un guion que estamos siguiendo. Que recorremos un camino marcado. Esto nos da que pensar cosas como que algunos acontecimientos, con una previa observación, podrían haber sido muy predecibles. Sería algo así como mirar un camino estando en el mismo: la visión es limitada, pues la irregularidad del terreno hace que haya partes que no se vean. Pero, si nos elevamos sobre el éste (subiendo a una colina, por ejemplo) la perspectiva será totalmente distinta, pudiendo ver qué dirección lleva el camino y qué situaciones se pueden dar en el mismo.

¿Te detienes a pensar el porqué de diversas experiencias en tu vida? Cuando te sucede algo, ¿te preguntas por qué eso ha llegado a tu realidad? ¿Te quedas en la experiencia, evaluando si ahora te conviene lo que sucede, sin mirar más allá?

¿Tratas de ver el bosque (el significado global, la trama) o te centras sólo en el árbol (la experiencia vivida)?

Si comienzas a hacer análisis del porqué de los acontecimientos que llegan a tu vida, te vas a llevar muchas sorpresas. Y esto te ayudará a entender muchas cosas, que si no son analizadas en detalle pasarán ante ti de largo.

¿Consecuencias de cosas pasadas, o precursores de situaciones futuras?

Imaginemos que tenemos una costumbre o hábito que no nos hace ningún bien (una adicción, por ejemplo) Podremos entender perfectamente que si nos sucede algo relacionado con las consecuencias de ese hábito, la causa se encuentra bien clara.

Si por ejemplo fumas, una consecuencia será la tos, congestión crónica o la falta de capacidad pulmonar. O si lo que te gusta es beber demasiado, es normal despertarse con sensación de poca energía o tener  falta de memoria y concentración. Tal vez te gusta es comer en abundancia, entonces los kilos de más será una de las consecuencias.

Las cosas no ocurren porque sí, sino que siempre hay una causa para ellas. Aunque muchos no lo crean, la casualidad no existe. Más bien la causalidad: debido a una causa, hay una consecuencia.

Pero, ¿qué ocurre con esas situaciones donde por mucho que lo miremos, no vemos una causa precursora? Porque estas cosas suceden.  Imagina que trabajas en una empresa (del tipo que sea), y un día te comunican que por recortes de presupuesto han de prescindir de tus servicios.

No lo viste venir, no tuviste noticias sobre si la empresa estaba mal económicamente o si querían hacer diversos cambios. De pronto, un día te enteraste en una charla que te da tu responsable sobre dicha situación y te cuenta, que con mucho pesar por su parte, vuestra relación laboral ha terminado.

Aquí podrás decir que dónde está el origen, pues no lo ves. Y es muy cierto que, aparentemente, no es accesible.

Pero, ¿y si esto que te está ocurriendo es un acto precursor en sí mismo, que te llevará a vivir una situación necesaria para ti? Creo que a todos nos ha pasado este mismo ejemplo en nuestra vida, para luego encontrar un trabajo mejor pagado, quizás más cercano a nuestra vivienda o con unas grandes oportunidades para evolucionar dentro de la empresa.

Lo que parecía una desgracia, se convierte en un golpe de suerte. Algo que nos hizo temer, sumiéndonos en la preocupación, ahora nos hace estar agradecidos de todo corazón. Una situación que no nos gustaba y rechazábamos, ahora nos conviene.

Tomando conciencia en estas situaciones

Es por ello que cuando ciertas situaciones llegan a nuestra vida… hay que estar muy atentos a la hora de juzgarlas a la ligera. Porque, ¡quién sabe lo que realmente quieren decir!

Para hablaros sobre esto, os voy a dejar una hermosa historia oriental, cargada de sabiduría y que transmite a la perfección esto que os quiero decir.

“Había una vez un anciano labrador, viudo y muy pobre, que vivía en una aldea, también muy necesitada.

Un cálido día de verano, un precioso caballo salvaje, joven y fuerte, descendió de los prados de las montañas para buscar comida y bebida en la aldea. Ese verano, de intenso sol y escaso de lluvias, había quemado los pastos y apenas quedaba gota en los arroyos. De modo que el caballo buscaba desesperado la comida y bebida con las que sobrevivir.

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Quiso el destino que el animal fuera a parar al establo del anciano labrador, donde encontró la comida y la bebida deseadas. El hijo del anciano, al oír el ruido de los cascos del caballo en el establo, y al constatar que un magnífico ejemplar había entrado en su propiedad, decidió poner la madera en la puerta de la cuadra para impedir su salida.

La noticia corrió a toda velocidad por la aldea y los vecinos fueron a felicitar al anciano labrador y a su hijo. Era una gran suerte que ese bello y joven rocín salvaje fuera a parar a su establo. Era en verdad un animal que costaría mucho dinero si tuviera que ser comprado. Y ahí estaba, en el establo, saciando tranquilamente su hambre y sed.

Cuando los vecinos del anciano se acercaron para felicitarle por tal regalo inesperado de la vida, el labrador les replicó: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y no entendieron…

Pero sucedió que, al día siguiente, el caballo ya saciado, al ser ágil y fuerte como pocos, logró saltar la valla de un brinco y regresó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para condolerse con él y lamentar su desgracia, éste les replicó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. Y volvieron a no entender.

Una semana después, el joven y fuerte caballo regresó de las montañas trayendo consigo una manada inmensa y llevándoles, uno a uno, a ese establo donde sabía que encontraría alimento y agua para todos los suyos. Hembras jóvenes en edad de procrear, potros de todos los colores, más de cuarenta ejemplares seguían al corcel que una semana antes había saciado su sed y apetito en el establo del anciano labrador.

¡Los vecinos no lo podían creer! De repente, el anciano labrador se volvía rico de la manera más inesperada.  Su patrimonio crecía por fruto de un azar generoso con él y su familia. Entonces, los vecinos felicitaron al labrador por su extraordinaria buena suerte. Pero éste, de nuevo les respondió: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y los vecinos, ahora sí, pensaron que el anciano no estaba bien de la cabeza. Era indudable que tener, de repente y por azar, más de cuarenta caballos en el establo de casa sin pagar una sola moneda por ellos, solo podía ser buena suerte.

Pero al día siguiente, el hijo del labrador intentó domar precisamente al guía de todos los caballos salvajes, aquél que había llegado la primera vez, huido al día siguiente, y llevado de nuevo a toda su parada hacia el establo. Si le domaba, ninguna yegua ni potro escaparían del establo. Teniendo al jefe de la manada bajo control, no había riesgo de pérdida.

Aunque ese corcel no se andaba con chiquitas, y cuando el joven lo montó para dominarlo, el animal se encabritó y lo pateó, haciendo que cayera al suelo y recibiera tantas patadas que el resultado fue la rotura de huesos de brazos, manos, piernas y pies del muchacho. Naturalmente, todo el mundo consideró aquello como una verdadera desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. A lo que los vecinos ya no supieron qué responder.

Unas semanas más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Pero cuando vieron al hijo del labrador en tan mal estado, le dejaron tranquilo, y siguieron su camino. Los vecinos que quedaron en la aldea, padres y abuelos de decenas de jóvenes que partieron ese mismo día a la guerra, fueron a ver al anciano labrador y a su hijo, y a expresarles la enorme buena suerte que había tenido el joven al no tener que partir hacia una guerra que, con mucha probabilidad, acabaría con la vida de muchos de sus amigos. A lo que el longevo sabio respondió: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”.

Si juzgamos con rapidez y a la ligera los eventos que nos suceden, no podremos ser justos ni objetivos, ver si nos conviene o no lo que ocurre. Ya que los resultados de los acontecimientos, lo que realmente nos aportan, es algo que se ve con el paso del tiempo. Y no en la inmediatez del momento presente.

Como se suele decir, las prisas no son buenas. Y este caso no es una excepción. Con el paso del tiempo, si alguien va alcanzando cierta sabiduría se dará cuenta (porque la experiencia así se lo ha demostrado con anterioridad), que las cosas no siempre acaban como empiezan. Que algo que en un principio tiene un aspecto, pasado un tiempo puede tener otro. Y que hay que aplicar calma y paciencia para comprender realmente lo que significa algo en nuestra vida.

No sabremos si una relación con una persona será una “gran relación” hasta que no haya transcurrido el tiempo y las experiencias necesarias. Tampoco conoceremos de antemano si un trabajo será determinante en nuestra carrera profesional hasta que no vivamos la experiencia, y podamos opinar objetivamente, desde el conocimiento de las situaciones que vamos atravesando.

Es por ello que ante un evento, hay que ser cautos a la hora de juzgarlo, pues en el momento presente apenas podemos ver hacia cuál dirección nos lleva eso que está sucediendo.

Observando el hilo que une los eventos

A la hora de saber si todo lo que en la vida sucede nos conviene, hay que tener una amplia perspectiva al juzgar los acontecimientos. Y eso no se consigue (lo digo una vez más) juzgando desde el momento presente, cuando el evento ocurre.

Como decía líneas más arriba, si establecemos rápidamente un juicio sobre lo negativo o positivo de un acontecimiento, no podremos ver lo que realmente significa en nuestra experiencia futura.

Si miramos el ejemplo que puse sobre perder el trabajo, o la magnífica historia oriental del anciano, podemos ver que hay una especie de hilo invisible que une los acontecimientos. Haciendo que unos lleven a otros.

Como si se tratase de un dibujo de línea de puntos, donde para formar el dibujo final hemos de pasar el trazo por cada uno de ellos, en la vida hay acontecimientos que se encadenan con otros posteriores. Y que sin que unos sucedan, los otros no llegarían.

Imagina la siguiente historia…

Un día estás en el trabajo. Tienes mucha tarea por hacer. Miras el reloj y te das cuenta que saldrás tarde. Maldices interiormente, pues no quieres dedicar más tiempo del necesario a tu trabajo, y poder así disfrutar del tiempo libre. Pero quieres dejar tu responsabilidad hecha, así que decides quedarte.

Una hora después, te vas a casa. Por el camino, te encuentras con un amigo que va a compañado de otra persona. Te la presenta y quédais prendados el uno del otro. Como si fuera el típico flechazo de las películas románticas. Días después hablas con tu amigo y le preguntas si podría pasarte el teléfono de contacto de esa persona. Accede (pues esa persona le habló con mucho interés de ti a tu amigo), y después de hablar y quedar varios días, comenzáis una relación de pareja.

Si no hubieras tenido tanto trabajo no te habrías quedado más tiempo ese día. Y si no te hubieras quedado más tiempo, no habrías salido tarde y no te habrías cruzado con tu amigo. Tal vez alguien pueda pensar: “bueno, si debías de conocer a esa persona, la hubieras conocido igualmente, ya sea ese día u otro distinto“. Podría decirte que sí a esto… aunque eso no le quita importancia y valor al hecho de cómo los acontecimientos se solapan unos a otros para llevarte a vivir ciertas experiencias.

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En el ejemplo que acabo de poner hay un acontecimiento positivo. Y pocos lo son tanto como el hecho de conocer a una persona especial con quien comenzar una bonita relación de pareja.

Pero, ¿qué sucede cuando lo que ocurre es algo malo? ¿Cómo encarar un acontecimiento así, teniendo la entereza de pensar que nos llevará hacia algo que sea bueno de alguna manera?

Cuando tenemos un acontecimiento negativo, soy consciente de lo complicado que es ser objetivo y prestarse a estar abierto a la posibilidad de que conlleve a una situación constructiva.

Si te quedas sin trabajo y has de dar de comer a tu familia, aparte de pagar la hipoteca, ver la parte buena a este acontecimiento será algo complicado en un principio, pues rápidamente la mente se irá a las preocupaciones derivadas del pensamiento negativo. Es lógico pensar, en el momento presente, en qué te conviene una situación así.

Otro caso podría ser que tu pareja,  a quien amas mucho, deje la relación y te quedes muy afectado/a. O que finalices una relación tóxica, y la otra persona se dedique a buscar cómo hacerte daño y molestarte a ti o a alguien de tu círculo íntimo.

De toda experiencia, si estamos atentos, podemos obtener una valiosa lección CLICK PARA TWITTEAR

En el caso de la persona que ha sido despedida de su trabajo, ya vimos que puede encontrar una oportunidad mejor o incluso iniciar un negocio propio. Pero si al final se transforma todo en una dura prueba por la que transcurrir, como hay muchos casos en los que sucede donde se ven familias pasando apuros económicos por una situación así, sólo queda decir que incluso esta “negativa” situación tiene sus partes constructivas.

Si por ejemplo fueron derrochadores, aprenderán a ser más previsores. Tal vez la lección oculta sea la de unir la familia ante una situación adversa. Quizás enseñarles templanza y fortaleza ante sucesos traumáticos.

Las posibilidades son muchas y variadas, y los casos no son siempre iguales. Lo que generalmente ocurre es que nos quedamos juzgando por las consecuencias inmediatas, como decía antes. Pero vuelvo a insistir en que hemos de ir más allá, y ver ese hilo que conecta los acontecimientos. Tratar de ver qué es lo que podemos aprender de esas situaciones que nos suceden.

Creemos que las situaciones adversas es mejor no vivirlas, pues nadie quiere pasarlo mal. Pero lo que hemos de tener claro es lo siguiente:

  • Aunque sean experiencias complicadas que nos llenen de preocupación y malestar, siempre nos ofrecerán lecciones para ser más sabios y fuertes.
  • Todos prefieren no pasar por cosas así, pero atravesar por ello te dará un bagaje que otros no tienen. Es más díficil aceptar esto que entenderlo, pero aquel que haya pasado por el fracaso sabrá de lo que hablo.
  • Nunca nos llegarán pruebas que no seamos capaces de superar. Por muy complicadas que nos parezcan en un principio, aquello que nos toca vivir es algo para lo que estamos preparados soportar.

Aceptando y fluyendo en el cambio, entendiendo que todo conviene

Hay una frase popular que dice que si hay algo seguro en esta vida, es la muerte. Pero si afinamos más la frase, se puede decir que si hay algo seguro, eso es el cambio.

El cambio es una constante en la vida. Lo experimentamos a cada momento que sucede. ¡Nosotros mismos somos un cambio constante! Cambia nuestro cuerpo con el paso de los años. También nuestra forma de ser al atravesar las experiencias que vivimos.

Resistirse al cambio es como resistirse a la muerte: algo inútil y desgastante.

Si te sucede algo que no te gusta, por mucho que te niegues a que ocurra en tu vida, va a ser igualmente. Así que, ¿no será mejor aceptar el cambio, y tratar de ver en qué nos conviene?

Porque sí, nos conviene. Sino no nos sucedería.

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El problema es que a nuestro ego le encanta dominar las situaciones. Establecer juicios, decir qué es bueno y qué no lo es. Y en su limitada visión y perspectiva, se atreve a opinar de todo. Por ello, una vez más, digo que nos quedamos enfrascados en las circunstancias y efectos del momento presente cuando algo nos sucede. Y si al ego (nuestra personalidad) no le gusta lo que ve, las consecuencias, considera que no le conviene.

Pero esto es un error porque:

  • No se está haciendo una lectura profunda de lo que esa situación nos puede aportar. Y sí, aún en situaciones malas (como un maltrato por parte de otra persona), hay una valiosa lección que aprender.
  • En ocasiones, el paso del tiempo es necesario para ver qué otros acontecimientos se encadenan a lo que sucede en el momento presente. La desgracia de hoy puede ser una bendición el día de mañana.

La postura más sabia es aceptar el cambio, abrazarlo, aunque no nos guste y nos duela. Ojo, que esto no quiere que no podamos sentir malestar por algo sucedido. ¡Por supuesto que sí! A lo que me refiero es que tengamos siempre en mente que nada ocurre por casualidad, y que si algo nos sucede es porque tiene mucho que aportarnos, aunque no sepamos verlo en el momento presente.

Es la forma de pensamiento que se expresa en el conocido refrán que dice “al mal tiempo, buena cara”. Y va más allá de ser positivo en todo momento. Pues de lo que se trata es de fluir con la vida, con el flujo de acontecimientos, aceptar el cambio cuando éste llega y tener la esperanza e ilusión de que cosas buenas e interesantes están por suceder.

Tener una mente abierta y humilde, es clave en este proceso. Y cuanto más soltemos la rigidez del ego, del “yo quiero que las cosas sean así, porque es lo que deseo”, más abiertos estaremos al cambio, lo cual facilitará que nos dejemos sorprender por lo que sucede en nuestra vida. Y que nos recuperemos antes de los vaivenes de la misma, pues no nos aferramos a una forma que ya no es, que se va, que deja de existir… abriéndonos a la nueva que llega. Confiando que lo que sucede ahora, seguro que de alguna forma nos conviene, aunque sea por el hecho de atravesar y vivir la experiencia.

Cuanta mayor sea la apertura y receptividad, mayor será el beneficio y más sencillo el tránsito. Y ya que va a ocurrir, ¿por qué no hacer que sea de una forma amable, o al menos lo más armónica que pueda ser? Tal y como explico en el artículo “Beneficios de ser flexible”.

Creando una actitud de no-resistencia ante lo que sucede

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En el anterior artículo llamado “Aptitud vs Actitud” comentaba lo que es la actitud, y cómo con ella, modificándola, podemos conseguir cosas increíbles. Básicamente, alcanzar todo aquello que nos propongamos.

Pero en el caso que ahora nos acontece, ¿qué quiere decir?

Una actitud de no-resistencia ante el cambio es, como decía anteriormente, la aceptación de aquello que llega a nuestra vida. Y sé que esto es complicado cuando lo que llega no nos gusta. O no sólo eso: sino si es una dura prueba.

Y hay situaciones, pruebas, que son muy duras.

Pero cuando comienzas a ver los acontecimientos de tu vida como algo que va tejiendo una misteriosa red, y que cada situación te lleva a una siguiente, comprendes que lo que te sucede en el día de hoy es totalmente necesario para lo que llegará el día de mañana. Y si un acontecimiento futuro te conviene, tendrás que atravesar por los eventos del presente, y aquellos que te lleven hacia aquello que quieres que ocurra en tu vida.

Por otro lado, y no por ello menos importante, las experiencias atravesadas nos dejan una profunda lección. Y es que no siempre tenemos el control. Por mucho que planeemos, algunas cosas llegan a nuestra vida sin que hayamos contado con ellas. Y una vez manifestadas, ya podemos negarlas todo lo que queramos, que no se van a ir.

No dejarán de ser. No hay marcha atrás. El evento ha sucedido, así que hemos de aceptarlo y seguir adelante.

Así que, enumerando ciertos puntos que han sido expuesto, podemos elaborar el siguiente listado:

  • Unos eventos te llevan a otros. Son necesarios que ocurran todos los pasos para llegar a algo.
  • No podemos saber si lo que ocurre hoy es negativo para algo en el día de mañana.
  • Si una situación es negativa, ofrece un aprendizaje en nuestra vida.
  • Por mucho que neguemos o rabiemos, no vamos a evitar que algo que ha sucedido deje de estar en nuestra vida.

Contando con todo esto, la actitud más sabia es la de la rendición hacia aquello que nos sucede.

¡Ojo, que con esto no quiero decir que no podamos hacer nada al respecto!

Si por ejemplo te echaron del trabajo, ponerte las pilas, moverte, tomar acción es algo imprescindible para que esa situación se convierta en algo fructífero. La aceptas, no la niegas, pero te pones en marcha. Haces la parte que te toca.  Abrazas el cambio (lo aceptas), y realizas movimientos en tu vida porque ésta te está diciendo “toca moverse, amigo/a“.

Si consigue crear una actitud así, los eventos en tu vida (aquellos que tanto nos preocupan) no serán tan traumáticos. Todo aquello que nos suceda sabremos que llega con un motivo (aunque no sepamos cuál es, pero sí sabemos que está), y que en la rendición y aceptación de los acontecimientos, encontraremos una suavidad y ligereza que nos ayudará a poder afrontar las situaciones.

Porque la alternativa es la negación y la resistencia, y ya sabes lo que ocurre cuando nadas contra corriente…

Conclusiones

Cuando nos quedamos observando y sufriendo los acontecimientos del presente, sin pensar en por qué ocurren o hacia dónde nos llevan, nos quedamos en una situación de víctima desvalida. No vemos más allá de este momento, que aunque sea lo único que es verdadero (pasado y futuro no existen), es precursor de eventos encadenados.

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Si comprendemos que de todo podemos obtener una lección para nuestro aprendizaje, y que los actos que hagamos hoy son las causas del mañana, podremos caminar siendo más libres, pues entendemos que no somos presos de un destino caprichoso y a veces cruel, sino que tenemos mucha responsabilidad en todo lo que nos ocurre. Incluso en aquellas situaciones dolorosas, las elecciones de hoy (cosas hechas o cosas no hechas) influyen en los acontecimientos del mañana.

Todo esto nos aporta mayor poder. Y además mayor tranquilidad, pues entendemos que si todo ocurre por una buena razón, y que siempre vamos a poder obtener una valiosa lección de ello, entenderemos que es cierto que todo lo que en esta vida sucede, conviene.

Me encantaría conocer tu opinión respecto a este tema. ¿Has experimentado situaciones donde algo te ha ocurrido y has descubierto, tiempo después, lo mucho que te conviene haberlo vivido? Espero que me dejes aquí abajo un comentario, comentándome alguna experiencia de este tipo. Será un placer leerte 😉

Un abrazo.

Óscar Martín.

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