El tema del ego es algo de lo que hay ríos de tinta escritos.

Tratado desde las escuelas espirituales, psicológicas hasta las filosóficas, el ego ha sido motivo de charla, estudio, debate y crítica.

Veo, sobre todo, mucha crítica. Más aún en ciertos caminos espirituales.

Y esto aumenta cuando las enseñanzas de dichos caminos son tergiversadas por algunas personas, que con la mejor de sus intenciones hablan de ello.

De todas formas todo es subjetivo, y esto no es una excepción. Así que en este artículo os quiero ofrecer mi visión del ego… y por qué no es tan malo como lo pintan.

 

¿Qué es el ego?

 

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En la definición del diccionario, el ego es (según el psicoanálisis de Freud) la “instancia psíquica que se reconoce como ‘yo’, que controla la motilidad y media entre los instintos del ello, los ideales del superego y la realidad del mundo exterior”.

Nos vamos a quedar con la parte que dice: “instancia psíquica que se reconoce como ‘yo’”.

Esto quiere decir que tu ego es la imagen que tienes de ti mismo.

Si, por ejemplo, una persona te dijese que te describieras y tú le expones una serie de rasgos sobre quién eres: tu personalidad, gustos, cualidades… mostrarías la idea que tienes de ti. Y eso es tu ego. La imagen que tienes sobre ti mismo.

A lo largo de nuestra vida se va formando, en nuestra mente, un concepto de quiénes somos. Y dicho concepto está basado en las creencias personales que tenemos. Muchas de ellas, por no decir la gran mayoría, han sido instaladas en nuestra mente por vivencias acontecidas. Estas experiencias nos han ayudado a definir un concepto sobre quién somos.

 

¿Es verdadero el ego?

¿Pero acaso esto es cierto? ¿Somos aquello que creemos o que hemos experimentado a lo largo de nuestra vida?

Si hacemos memoria, podremos comprobar cómo a lo largo de nuestra existencia hemos ido cambiando nuestra personalidad. Esto se encuentra muy marcado en etapas clave de nuestra vida: infancia, adolescencia, madurez…

Pasamos por edades donde la imagen que tenemos sobre nosotros va cambiando, moldeándose. Y todo ello debido a, como decía antes, las vivencias que vamos teniendo, las cuales fomentan una serie de creencias personales.

En este punto quiero que empieces a pensar en algo: aquello que crees que eres es falso. No es más que un conjunto de creencias que tienes hoy en día sobre tu persona.

Y si no me crees, recuerda algún episodio de tu vida donde, por ejemplo, pensabas que eras alguien que no era capaz de hacer alguna cosa, y tiempo después comprobaste que sí que podías porque aprendiste a hacerlo y te enfrentaste a la experiencia.

Un ejemplo puede ser el de aquella persona que piensa que es tímida. Y con el descubrimiento y desarrollo de las habilidades sociales, sumado a conocerse a sí misma, entiende que es capaz de hacer cosas que antes eran impensables para ella. Y las hace.

Entonces las creencias cambian. Y oh, ¡sorpresa! Su imagen de sí mismo también ha cambiado.

El ego no es más que una idea que tenemos sobre nuestra persona. Y dicha idea puede cambiar en cualquier momento.

 

¿Es el ego algo negativo?

 

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Ahora llegamos a un punto donde más de uno o de una –quizás- tenga conflicto con lo que digo.

Y son aquellas personas que están ‘encerradas’ en opiniones sobre el ego debido a algún camino o corriente espiritual que siguen.

Se dice que el ego es malo porque no te permite ver quién eres realmente. Respecto a esto, estoy conforme en una idea: tenemos un potencial asombroso, brutal, por descubrir.

Somos mucho más de lo que pensamos. Y cuanto más nos descubrimos a nosotros mismos y comprendemos sobre la vida y los misterios que la rodean, más entendemos la infinita sabiduría que reside en nuestra conciencia. Y es ésta la que perdura y la que se podría decir que es nuestra autenticidad.

El Ser, como me gusta a mí decirle. Aunque también es llamado alma, esencia, espíritu…

Es por ello que muchos caminos espirituales, que merecen todo mi respeto y admiración por su gran sabiduría y conocimiento, hablan sobre ‘matar al ego’, pues al identificarnos con el mismo (o sea, con la imagen que tenemos sobre quién creemos ser) nos apartamos de la idea de la autenticidad de nosotros mismos.

Si yo creo que soy Óscar, el cual es así y asá, con tales cualidades y defectos, y no me muevo de esos parámetros, no podré dar cabida al concepto de que mi parte más íntima y auténtica es mucho más que todo eso que he descrito.

Me sentiré limitado en la medida que mis creencias personales me ubiquen en una serie de conceptos. Y siempre los hay cuando hablamos de creencias.

Por lo tanto, el concepto sobre que soy mucho más que todo eso (desde la perspectiva del Ser, mi ‘yo’ auténtico) no puede ser aceptado, porque mi ego es el impedimento para ello al identificarme con esa imagen mermada y limitada de mí mismo.

Es por ello que muchas personas demonizan al ego, como si fuera un ente maligno que no les permite llegar a sus metas, o conectar con su esencia.

Al ego se le culpa de ser temerosos, pues ciertos miedos están instalados en la personalidad, y ésta es el ego.

Pero… ¿qué pasa con las alegrías y las buenas experiencias? Esos buenos recuerdos, sensaciones o como les quieras llamar, también serían parte del ego.

-No amigo,  eso son cualidades de tu alma, que nada tiene que ver con el ego-podría responder alguien.

A ver si me aclaro: entonces lo bueno pertenece al alma y lo malo al ego. Pero el ego se forma con las experiencias que tenemos, las que consideramos buenas y malas.

Algo no me cuadra…

 

Desmontando al monstruo

 

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Para tratar de conocer nuestra esencia más íntima, sagrada y divina, se nos invita a darle la espalda al ego y conectarnos con esa sabiduría que brota de nosotros mismos. La cual aparece en momento de calma, silencio mental. Se le llama intuición, sexto sentido, conciencia… Y estoy muy de acuerdo con ello.

Es aquella parte que se manifiesta cuando te quedas absorto haciendo algo que te gusta mucho, ya sea pintar, escribir, crear algo con tus manos, trabajar en una afición. Ahí puedes notar que conectas con algo interior a lo cual no puedes ponerle nombre.

Pero con lo que no estoy conforme es con asignarle al ego todo lo malo que nos pasa.

Déjame decirte algo, querido amigo o amiga. Y si eres de estas personas que hablan constantemente de olvidarse del ego porque es el enemigo, esto no te va a gustar.

Siempre vas a tener ego. Siempre. Y no dejarás de tenerlo salvo que alcances un estado de conciencia tan elevado que experimentes la iluminación.

Sí, ese estado atribuido a avatares de la conciencia y sabiduría como Buda, Jesús y muchos otros maestros que han transitado nuestra historia.

Hasta que no llegues a ese estado, vas a tener siempre ego. Así que más te vale hacer las paces con él, porque te va la salud psíquica y emocional en ello.

Pero tranquilo, que es más fácil de lo que crees 😉

 

Las múltiples caras, facetas y máscaras del ego

 

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El ego tiene multitud de aspectos. Aunque podamos decir que somos de una manera determinada, como en el ejemplo que comentaba antes sobre una descripción de mí mismo, la realidad es muy distinta. Tenemos múltiples personalidades.

Te lo voy a demostrar y lo entenderás muy fácilmente.

Tienes diversas facetas de la personalidad como:

  • Tu ‘yo’ en el trabajo.
  • Tu ‘yo’ como pareja.
  • Tu ‘yo’ siendo padre o madre.
  • Tu ‘yo’ cuando enfrentas un conflicto.
  • Tu ‘yo’ cuando te derrumbas emocionalmente.
  • Tu ‘yo’ cuando te ponen a prueba y sacas lo mejor de ti mismo.
  • Tu ‘yo’ cuando disfrutas con tus amigos.
  • Tu ‘yo’ cuando te abres y eres tierno, cariñoso, dulce…
  • Tu ‘yo’ cuando te sientes como un niño, y esperas ser cuidado y sostenido.

La lista podría seguir de forma prácticamente interminable, porque nos comportamos de forma distinta según el momento y contexto.

¿Te suena la situación de conocer a alguien en el trabajo, pero un día por un evento estás en contacto con esa persona en un contexto social y te das cuenta que se comporta de forma diferente? Tal vez podría ser un jefe, que en el trabajo es serio, marcando las distancias. Y fuera del ambiente laboral es alguien abierto y empático.

Podrás verlo en tu misma persona cuando te comparas, tal vez, en lo inflexible que eres con algunas personas en ciertos contextos, y lo flexible y permisivo que eres en tu faceta de padre o madre.

Estas comparaciones te harán darte cuenta que nuestro ego tiene múltiples facetas.

Y sí, también las tiene buenas. El ego no es sólo miedo, soledad, aislamiento, inconsciencia, egoísmo…

Estas cualidades negativas, por llamarlas de alguna forma, son fruto del desconocimiento, el cual está ligado al miedo. Ocurre al no estar conectado con tu yo real. Y como estás, por lo tanto, conectado al ego, con quien te identificas, también lo haces con esas características anteriormente citadas.

Pero el ego no se conecta únicamente con eso.

Para entender esto, podrías compararte a ti mismo en cómo disfrutabas las cosas en el pasado y cómo las disfrutas ahora. Hablamos de un aspecto positivo, disfrutar, y eso también se moldea con el paso del tiempo.

Aprendemos en todos los aspectos, y esto no excluye a cómo experimentamos y vivimos las gratas experiencias. Y lo hacemos porque éstas se encuentran ‘atadas’ a aspectos de la personalidad. Del ego.

Bajo mi entender tenemos siempre máscaras, que son los diferentes ‘yo’ que decía anteriormente. Y dependiendo del nivel de autoconocimiento y trabajo personal que tengamos, estas máscaras estarán más o menos ‘pulidas’.

Puedes tener la máscara de la persona egoísta y taimada, que intenta aprovecharse de los demás por el beneficio propio. O la de la persona espiritual, filosófica, que busca el conocerse más y brindar ayuda a los otros.

Ambas son partes del ego. La diferencia se encuentra en que el ego de una de las personas se encuentra, por decirlo así, más ‘evolucionado’ que la de la otra. Y está más conectado a esas cualidades del Ser o el alma, como por ejemplo es el amor, empatía, alegría, cooperación, compasión…

Se podría decir que ese ego se parece más al Ser, el ‘yo’ autentico.

El Ser, alma o esencia podría ser un avatar o arquetipo hacia el cual nuestro ego evoluciona. Y si nos llega el momento de la famosa y ansiada por muchos iluminación, todo esto se desmontará. Y ya no será necesario tener caretas de ningún tipo. Estaremos permanentemente conscientes y conectados a nuestro Ser.

Pero de verdad, con plena consciencia, en experiencia interna y absoluta de ello. Y no como otra careta que utilizamos para emular a alguien a quien admiramos o a quien seguimos en nuestra práctica espiritual (esto abunda).

Destaco este punto anterior porque he conocido a muchos que decían no tener ego. O hablaban sobre su maestro, que lo había trascendido. Y a todas estas personas siempre les llega ‘la horma de su zapato’. O lo que es lo mismo: una situación donde alguien le toca su ‘herida’. La máscara cae (la del avance espiritual) y se muestra la del dolor, que ha sido escondida a conciencia. Pero no por ello trabajada.

Y no creas a la persona que te diga que el ego busca que vayas por el mal camino. Que no aprendas o avances. Que sigas donde estás. Que no evoluciones ni crezcas. Eso ocurre por ciertos aspectos de la psique, como es el de nuestro cerebro reptiliano, que trata siempre tenernos seguros, y por ello quiere que permanezcamos en la zona de confort. Si quieres saber más de esto, puedes leer este otro artículo: “Salir de la zona de confort: cómo conseguirlo”.

Entonces, ¿cómo he de tratar con el ego?

 

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Para mí la palabra clave en este punto es la siguiente: aceptación.

Acepto las partes, máscaras y facetas que hay en mí. Todas se han creado en algún momento de mi vida, por alguna vivencia que ha dado paso a una creencia. Con el transcurso del tiempo la creencia se ha afianzado por haber vivido más experiencias similares, y yo con mi diálogo interno al respecto la he cimentado en mi ego.

Esto es volátil, maleable, y aunque tenga creencias que son positivas, también las tengo que no lo son tanto.

Pero todo ello pertenece a mi experiencia. Es lo que me toca vivir porque de ello he de aprender.

De nada sirve enfadarte por la mano de cartas que te ha tocado jugar. Lo más inteligente que puedes hacer es tratar de realizar la mejor baza con lo que tienes, y esperar a que las cosas puedan cambiar a una situación más favorable.

Actitud y ganas de aprender marcarán la diferencia en tu vida. Crearán nuevas creencias, la imagen de ti mismo cambiará a mejor. Y con ello, tu ego se pulirá y se acercará cada vez más a ese susurro que tu Ser, tu conciencia, te hace en diversos momentos, y que te indica en qué dirección has de ir. En lo que te tienes que convertir.

 

Conclusiones

El ego no es tan malo como lo pintan. Aunque puedo estar conforme en que se haya creado una imagen negativa para conseguir un propósito, como es el de entregarte a un desarrollo espiritual que te lleve hacia la liberación de la personalidad con la que nos identificamos.

Pero aunque puedas estar en ese camino, una buena dosis de realidad (bajo mi punto de vista personal) puede ser siempre bien recibida. Y conocer que el ego no es tan malo como lo pintan puede ayudarte a que lo lleves de otra manera.

Aunque ya sabemos que hay personas de todo tipo. Puedes decirle a alguien que no pasa nada porque tomes alguna cerveza, y que ésta tiene ciertas propiedades, y esa persona beber sólo una. Y otra, sin embargo, beberse quince.

Tal vez para este último tipo de personas, demonizar al ego les pueda ayudar para salirse del concepto de la identificación personal y entender que somos mucho más que eso.

Aunque yo, personalmente, me inclino más ante la idea más amable sobre el ego, que ha sido lo que he expuesto en este artículo.

Bajo mi punto de vista subjetivo, es más acertado y cercano a la realidad de lo que es el ego. Y eso me ayuda a conocerme más y poder hacer las paces con algunas partes que tal vez, debido a influencias externas en el pasado, criticaba porque pensaba que eran el origen de todos mis males.

Cuando solamente necesitaba abrazar esa sombra, como decía Carl Jung, y entender que tanto lo bueno como lo malo que creo que hay en mí, son las caras de la misma moneda.

Y por lo tanto, no puedo accionar sobre una de ellas sin influir en la otra.

Un abrazo.

Óscar Martín.

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