Quién no ha sufrido, a lo largo de su vida, algún incidente donde otra persona le hiciese algún daño. Pudiendo ser éste físico, psicológico o emocional.  Estas situaciones son parte de la vida. Muchas de esas experiencias son traumáticas, dejando una huella profunda en nuestro interior. En este artículo, se hablará de esas heridas y qué hacer para sanarlas. Cómo perdonar, qué pasos dar para alcanzar el perdón.

Si queremos lograrlo,  hemos de abrir no solo la mente, sino también el corazón. Porque en una taza llena… más té no puede entrar (como cuenta una vieja fábula oriental)

La herida

Cuando interactuamos con los demás, siempre se van a dar escenarios de todo tipo.

No todos somos iguales, ni pensamos siquiera similar. Cada uno tiene sus propias ideas e intereses, formas de hacer las cosas. Preferencias, gustos… Realmente, no es tan fácil encontrar personas afines.

Esto hace que en las relaciones entre unos y otros, en ocasiones se den situaciones de tensión, donde la disputa puede llegar a diferentes niveles.  El desenlace de dicha disputa puede terminar con que una de las personas se sienta profundamente herida.

Puede haber recibido, por parte del otro, una agresión física. Tal vez fue una falta de respeto, como gritos o insultos. Quizás hizo algo que, a ojos de la persona que recibe la “afrenta”, es una traición.  Tal vez la engañase, como en el caso de una pareja que es infiel; o aquel que se aprovecha de otro para robarle.

Cualquiera de estas situaciones tiene el potencial suficiente para crear una herida emocional que, dependiendo de la persona que la tiene, tarde más o menos en sanar.

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Arrastrando el dolor

Hay casos en los que dicha herida parece que nunca sana. Y la persona que la tiene arrastra durante años un dolor y sufrimiento que le afecta en diferentes aspectos de su vida.

La falta de perdón hacia una persona/situación puede hacer que las situaciones análogas que viva la persona, se vean influenciadas por esa herida sin cerrar. Como ejemplo fácil de entender, basta con escuchar la frase “todos los hombres son iguales”, dicha por una mujer que fue engañada. Esto también es aplicable para el lado contrario, existiendo una frase del mismo significado pero hablando sobre el sexo femenino.

Una persona que no es capaz de perdonar algo, arrastrará durante el tiempo su trauma. La energía no liberada. Las emociones estancadas. Y éstas le afectarán incluso en las facetas que  no tengan que ver con el  problema pasado.

Porque somos un “todo”, y nuestro estado anímico se ve afectado con el dolor no perdonado. Eso influye en nuestro carácter. Y aunque no lo sintamos ni nos percatemos, hay cambios. Tal vez sutiles, pero los hay. Y el carácter, el estado anímico, lo llevamos siempre a todas las experiencias que tenemos.

Igual pienses que el hecho de que tengas un problema con una persona concreta, en una situación determinada, no afecta el resto de tu vida. Y es muy probable que así sea. Pero déjame decirte que si esto se lleva a varios problemas donde no se supo perdonar, el monto final será mayor, y eso sí que afectará a otras áreas.

Porque una persona que no ha sido capaz de perdonar, y que por ello carga con mucho dolor (aunque sea subconscientemente), tendrá un carácter muy distinto de aquel que no arrastre cargas de problemas pasados.

Preparándonos para perdonar

Hemos de enfocar el alcanzar el perdón, aprender a perdonar, como una auténtica necesidad. Tal y como se ha descrito anteriormente, todo ese dolor/trauma acumulado nos va a afectar en el estado anímico. Nos “agriará el carácter”, como se suele decir.

Así que, con este panorama, ¿no crees que lo mejor es hacerlo, perdonar de una vez por todas?

Tal vez la otra persona no lo merezca (según nuestro juicio) Pero dime: y tú, ¿lo mereces?

¿Mereces librarte de ese dolor? ¿Mereces tener una vida donde no estés enganchado/a al pasado? Avanzando con los dos ojos mirando al frente… y no con uno en el camino que llevas, y el otro puesto en lo que te ocurrió tiempo atrás.

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Porque eso es lo que ocurre cuando algo del pasado no ha sido trascendido: que una parte nuestra sigue viviendo en aquel entonces. Lo cual significa que no estamos plenamente aquí y ahora. Nos encontramos fragmentados. La totalidad de nuestro ser no se encuentra presente.

Vivimos a medias, con un potencial limitado. Y merecemos vivir al máximo de nuestra capacidad, con la energía totalmente enfocada en lo que ocurre ahora. No en lo que nos sucedió en un tiempo que ya no es y nunca será de nuevo.

Y para aquel que piense que el tiempo lo arregla todo, déjame decirte algo: el tiempo no arregla nada. El tiempo, en cualquier caso, hace que el dolor baje de intensidad. Pero eso no significa que se ha solucionado el problema.

Sería algo así como barrer el suelo y esconder la basura debajo de la alfombra. No se ve, pero ahí está. En apariencia todo está limpio, pero basta con que se levante “accidentalmente” la alfombra para que muestre toda la inmundicia que esconde.

Y esto pasa en la vida con mucha facilidad. De hecho, la vida es especialista en poner ante nosotros personas y situaciones que hacen que se liberen esas cosas escondidas que tenemos. Dándonos así la oportunidad de limpiar de verdad, en vez de volver a esconderlo.

Así que el tiempo no soluciona las cosas. Éstas se solucionan cuando nos ponemos manos a la obra, abordándolas en un trabajo personal desde la conciencia y la decisión.

Sintiendo las emociones

Quizás pienses: “cierto, he de perdonar para poder soltar el dolor que llevo encima y seguir adelante con mi vida. ¿Pero qué hago con mis emociones?“.

Si hay algo claro es que cuando has tenido un problema con otra persona y te encuentras en una posición de perdonar (o no hacerlo), es porque te ha causado dolor. Tienes emociones dentro de ti relacionadas con ese evento.

Y éstas -las emociones- no se van a ir porque, simplemente, desees perdonar, avanzar en tu vida, pasar página o como quieras llamarlo.

Una parte de vital importancia es la expresión de la emoción.

Si te das un golpe en un dedo del pie (el meñique parece que siempre tiene todas las papeletas), muy posiblemente grites, digas alguna palabra malsonante. Expresarás el dolor. Y aunque pretendas hacerlo en silencio, tensarás tus músculos y tu cara será un “poema“, pues la emoción (el dolor) ha de ser expresada.

Cuando tenemos un conflicto con una persona o situación determinada, el proceso es lo mismo. Nuestro cuerpo sentirá diversas emociones (dolor, rabia, indignación, pena, tristeza…), y eso ha de ser expresado. Porque si no lo hacemos, se “enquistará” dentro de nosotros, y puede generar una enfermedad.

Está muy bien aquello de querer perdonar, tanto para liberarnos como para liberar al otro. Pero hemos de liberarnos, primero, de esas emociones que se han generado en nuestro interior. Por lo tanto, la expresión es imprescindible.

¿Cómo hacerlo? Hay diversas formas:

  • Hablar con alguien. Soltarlo “por la boca“. Nos sirve para ello una amistad, un profesional (como un psicólogo), un grupo de apoyo…
  • Escribir. Escribe, crea cartas que nunca se entregarán. O hazlo en forma de diario. De lo que se trata es que uses el lápiz y el papel como forma de “vomitar” todas esas emociones que llevas dentro de ti.
  • ¿Qué tal unos golpes? Un cojín, un saco de boxeo, un palo contra un colchón (técnica que usa mi amiga Lorena y que me parece fabulosa). Esto es muy efectivo para la rabia y la ira.
  • Deporte. Algunas personas, cuando se sienten muy cargadas emocionalmente, utilizan el deporte para quemar esa energía sobrante y darle salida. Me parece una manera genial de descargar al cuerpo de aquello que le sobra.
  • Tu propia forma. Aquella que sientas que, al hacerla, te ayuda a liberar.

Sin la liberación emocional no se puede dar un auténtico proceso de perdón. Por lo tanto, no temas (ni te sientas mal) si has de convertirte durante momentos en un torbellino de pasión, y dar rienda suelta a aquello que tienes dentro de ti, ya sea corriendo, chillando, llorando, golpeando… Lo que sea, ¡pero sácalo!

Otra cosa de la que debemos ser conscientes es que esas emociones no se irán ni de un día para otro, ni de una sesión de expresión para otra. Por lo tanto, si decides escribir, necesitarás muchas páginas para lograrlo. Al igual que si corres, por ejemplo, tendrás que hacer muchos kilómetros.

Que nos quede claro que mientras que no saquemos la emoción, no va a ser posible hacer un auténtico trabajo de perdón. Perdonar nos va a resultar imposible, pues vamos a tener dentro de nosotros emociones que nos dirán: “no voy a perdonar ni borracho/a, así que haz todos los ejercicios mentales que quieras, repite las veces que te dé la gana que perdonas, que eres amor y que sultas… que aquí abajo, en el corazón, no va a entrar nada, porque está lleno hasta rebosar de ira y dolor“.

Óscar, comprendo lo que dices a la perfección, y reconozco que es necesario. Pero yo llevo meses/años sintiendo esas emociones, chillando, llorando, expresando, y parece que no se van“.

Bien, ahora toca seguir leyendo y aplicando los otros pasos… 😉

Primer paso: comprender al otro

En el proceso de perdonar, parece ser que hemos de estar muy enfocados en nosotros mismos. Y aunque es cierto que es un camino donde no hay que contar con nadie más que uno mismo, pues alcanzar el perdón es algo que se consigue asimilando la situación desde una perspectiva determinada, tener en cuenta al otro también nos puede ayudar.

Una de las cosas más importantes que hemos de entender es que la otra persona hizo lo que hizo pensando únicamente en sí mismo/a.

Vamos a ponerle a los dos roles presentes (el que ofende y el ofendido) dos nombres identificativos: verdugo y víctima.

¿Qué quiere decir eso de que el verdugo hizo las cosas pensando únicamente en sí mismo? Significa que no nos hizo daño de forma personal. O sea, que no fue porque la víctima era quien era, sino que simplemente fue porque no había otra persona.

Un ejemplo: una persona que engaña a otra para quedarse con una oportunidad de negocio. Al verdugo no le importa nada que la víctima se llame Alberto, Luis, Victoria o Catalina. De hecho, ni piensa en la persona. Sólo piensa en su objetivo, que es hacerse con el negocio.

Esto nos ayuda en algo: podemos dejar de pensar de forma víctima. No enfocarnos en el “por qué a mí”, sino entender que le podía haber pasado a cualquier otra persona.

Para el verdugo, la víctima no es más que un actor secundario presente (y necesario) para alcanzar su meta.

Ahora voy a contarte algo que dejará de mostrar al verdugo como alguien “malo”. ¿Te has parado a pensar por qué hace lo que hace? ¿Acaso has pensado en el dolor que puede arrastrar esa persona para hacer algo negativo a otra? ¿Sabes si tuvo una infancia difícil y fue una víctima de otro verdugo? ¿Te has permitido el pensar que quizás ese verdugo que tanto daño te hizo, no es más que una víctima de una sociedad llena de problemas, y que es algo así como un niño herido al cual en vez de culpabilizarle, habría que tenerle compasión?

Voy a ponerte un ejemplo. Para ello, quiero que pienses en un niño que sea muy, muy querido e importante para ti. Tal vez seas padre o madre, así que puedes elegir a tu hijo. O si no tienes, puedes elegir a un sobrino o un hermano pequeño. Sea como fuere, ha de ser un niño que tenga en ti un alto impacto emocional.

Ahora imagina que ese niño es maltratado en su infancia. Sufre (tú no puedes hacer nada, eres un simple observador, atado de pies y manos), su entorno es cruel con él. El niño crece con muchos dolores emocionales, traumas. No es feliz, no se le ha permitido ser un niño pleno y desarrollado. Y en la etapa donde más alegría tuvo que experimentar, obtuvo en su lugar mucho dolor.

Cuando es adulto, y debido a sus traumas, le hace daño a alguien. Se convierte en verdugo de una víctima.

¿Crees que merece ser perdonado? Desde el amor que sientes por ese niño, dirías sin duda que sí. Y aunque no justifiques el daño que le ha hecho a otra persona, sí que comprendes que el verdugo no es más que una víctima de otro verdugo de su pasado. Que la persona que es a día de hoy (dolida, sufridora, cargada de problemas y traumas) es gracias a todos los problemas que tuvo. Y que se ha comportado actualmente como lo hizo, por todo el dolor que arrastra.

El niño merece compasión, perdón, una nueva oportunidad, ¿no crees?

Pues déjame decirte que cualquier verdugo es un niño herido. Y es un niño especial para alguien. Tanto como lo es el que has elegido para el ejemplo.

Generalmente, el verdugo es una persona muy herida, cargada de dolor, que no ha sido feliz y que debido a sus problemas internos, no ha sabido canalizar y soltar esa energía negativa.

¿Es justificable? No, pero sí que es comprensible, ¿no te parece? Si no te lo parece, recuerda a ese niño tan especial para ti (hijo, sobrino, hermano…), y ahora que empatizas emocionalmente con él, dime si merece comprensión y compasión.

Sé honesto/a, por favor.

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Esto es algo muy importante en el proceso de perdón. Y no hace falta que sepamos la historia personal del verdugo. Con simplemente entender que no sabemos por qué hizo lo que hizo, que no estamos en sus zapatos y que desconocemos el dolor que lleva en su interior, podremos tomar conciencia de este punto tan importante que nos ayudará a comprender cómo perdonar.

Segundo paso: tomar responsabilidad

Este punto no es aplicable a todos los casos, pero no por ello deja de tener suma importancia, porque aunque no nos sirva en este proceso de aprender cómo perdonar, sí que nos aportará algo de gran valía para todas las situaciones de nuestra vida.

Y es el tomar responsabilidad de nuestros actos.

En el marco del perdón, que es lo que estamos tratando ahora, viene a decir lo siguiente: hemos de tomar conciencia de qué hemos hecho -o dejado de hacer- para que la situación que hemos vivido haya llegado a nuestra vida.

Imagina una escena: un chico se fija en una atractiva mujer. Se siente muy atraído por ella, y al preguntar a algunas amistades por la chica, éstas le dicen que mejor tenga cuidado. Que tiene mala fama. Fama de ser infiel.

El chico hace caso omiso y comienza a iniciar su juego de seducción con ella. Se gustan y comienzan una relación. Meses más tarde, el chico se entera de que su pareja le ha sido infiel en un par de ocasiones, lo que le causa un gran dolor. Incapaz de perdonar la infidelidad, acaba con la relación.

¿Qué ejercicio de tomar de responsabilidad podría hacer este muchacho?

En primer lugar, haber hecho caso omiso a los comentarios que recibió de sus amistades. Tal vez pensó que no estaban bien informadas, o quizás creyó que sólo eran habladurías. Sea como fuere, esa información no le llegó por casualidad.

Como tampoco lo fue que la hubiese “cazado”, en varias ocasiones, mirando sinuosamente a un hombre. Eso también lo pasó por alto.

¿Cuál es su responsabilidad? El no haber hecho caso a nada de eso y haber seguido al lado de esa mujer, una persona que claramente no estaba siendo sincera con él.

Si hubiese cortado la relación (o tal vez no haberla comenzado), no hubiera tenido que enfrentarse con el dolor de descubrir una infidelidad.

Esto es aplicable a muchas otras cosas: un socio de un negocio del que no te terminas de fiar, una venta de un producto que intuyes que no está clara, un amigo que parece ser que no habla bien de ti a tu espalda…

Seguir al lado de la persona que nos daña es nuestra decisión. Nadie nos obliga, no nos ponen una pistola en la cabeza. Hay un refrán que dice: “dos no discuten si uno no quiere”. Hablando de forma general, quiere decir que una situación de dos personas no se da si una de ella no la desea.

Por lo tanto, en un conflicto con alguien o en una situación complicada, hagamos el trabajo personal de ver qué hemos hecho nosotros para estar viviendo esa situación particular. Y hagámonos responsables para, de nuevo, no caer en el lado de la víctima.

Porque enfundarse en ese rol -la víctima- es muy sencillo: yo  no asumo responsabilidad, me ocurren las cosas porque otra persona lo ha deseado, probrecito/a de mí… Muchas personas hacen esto, y me parece algo muy patético, de una gran falta de poder personal. Porque cuando eres víctima por elección propia, te quitas el poder para delegarlo en otra persona.

Luego no te quejes de lo que te sucede… Tú has permitido que fuera así.

Tercer paso: decidir perdonar

Uno de los motivos más importantes para perdonar es hacerlo por uno mismo.

Decides perdonar no porque la otra persona lo merezca o no, sino porque tú mereces soltar ya esa energía que te ancla al pasado.

Quieres alcanzar el perdón porque tu estado anímico, tu carácter y todo en tu vida, ya no ha de estar influenciado por algo que ocurrió tiempo atrás. No merece la pena. Es más: seguramente, la otra persona ni se acuerde de lo que te hizo. Lo olvidó. Y tú, sin embargo, sigues alimentándolo en el recuerdo. Aferrado/a a ello. Sin quererlo soltar.

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Buda dijo: “aferrarse a la ira es como agarrar un carbón caliente con la intención de lanzarlo a otra persona, uno es el único que se quema”. Tú sigues anclado a ese dolor de tiempo atrás, que aunque digas que no te influye sí que lo hace (ya se explicó anteriormente), mientras la otra persona seguramente esté haciendo su vida con total tranquilidad.

Soportar la carga, el dolor, la falta de perdón, sólo te hará daño a ti. No le va a afectar a nadie más, pues es algo que vive en tu interior.

Tú cargas con esa energía.

Tú experimentas las nefastas consecuencias de tenerla dentro de ti.

¿No crees que es momento de soltarla, de decir “basta ya, no quiero más esto”?

¿Vale para ti tu vida tan poco que quieres vivirla a medias, teniendo parte de tu atención en las rencillas, afrentas y problemas del pasado? ¿No crees que será mucho más beneficioso y constructivo para ti y los tuyos, si te dedicas a vivir tu vida al cien por cien, centrado/a en el presente?

Las ventajas de perdonar y soltar son tan grandes, que si las personas lo pensasen detenidamente, teniendo en cuenta todas las consecuencias, arrojarían bien lejos de sí esas cadenas que se han puesto a sí mismas para evitar soltar todos esos problemas del pasado.

Una de las cosas a tener muy en cuenta, es el aprendizaje de la experiencia. Porque lo tiene, y mucho. Nada llega a tu vida por casualidad. Tú debías de pasar por ese aprendizaje (la situación que tanto te duele) para ganar las ventajas que esa experiencia te dejaron, como por ejemplo fuerza personal, sabiduría, bagaje para otras experiencias futuras…

Qué significa -y qué no- perdonar

Creo que es muy importante dejar claro lo que significa perdonar, y qué cosas no incluye. Porque hay personas que están tan marcadas con sus verdugos, que son incapaces de sentir el más mínimo de humanidad hacia ellos.

Qué significa perdonar:

  • Sueltas el pasado. Entiendes que lo que ocurrió fue por un motivo (como todo en esta vida), lo aceptas como parte de tu aprendizaje, y sigues adelante.
  • Lo haces por ti mismo/a, no por la otra persona. Lo haces por tu bienestar, por tu salud y equilibrio integral.
  • Quieres vivir tu vida de una forma más sana, centrada totalmente en el presente (que es lo único real que tienes) Y para ello, necesitas toda tu atención.
  • Comprendes que vivir en el pasado sólo te acarreará dolor y sufrimiento. Y que eso sólo está en tu mente, porque esas experiencias que ya no son. No existen. Sólo viven en tu recuerdo.
  • Quieres dejar de sentir emociones dañinas como la rabia, ira, cada vez que recuerdas a la otra persona y lo que te hizo. Deseas sentir paz, equilibrio, y para ello decides dejar aparcado en el pasado aquellos temas que no son actualidad.

Lo que no significa alcanzar el perdón:

  • Justificar a la otra persona, creer que lo que hizo estuvo bien hecho.
  • Pensar que si perdonas, significa que a ti se te puede hacer cualquier cosa y nadie ha de pagar por ello. Recuerda que el verdugo no hace las cosas pensando personalmente en su víctima. No te sientas menos por perdonar, porque tu valía como persona no se encuentra comprometida ni menospreciada.
  • Quedar a tomar café con la otra persona, tener una relación cordial. Que perdones no significa que tenga que estar en tu vida, como si nada hubiera sucedido. Le perdonas (no cargas más con el odio, la rabia y la ira), pero esa persona ya ha demostrado cómo es, y tú decides que no esté en tu vida.

Dos historias de perdón

Atentado terrorista

El 11 de marzo de 2004, la ciudad de Madrid (España) se despertó con una serie de atentados terroristas que impactaron en todo el mundo. Fue uno de los atentados ocurridos desde aquel famoso 11-S en EEUU, que dejó casi doscientos muertos y miles de heridos.

Tras el primer aniversario del atentado, vi en televisión un reportaje sobre las víctimas del mismo. Y algo llamó mucho mi atención. Fue la entrevista que les hicieron a dos personas heridas aquel día. Dos mujeres de edad y estatus social similares. Ambas perdieron un brazo.

Voy a referirme a ellas como ‘A’ y ‘B’.

La mujer ‘A’ relataba que lo que ocurrió aquel día fue un duro golpe para ella. La pérdida de su brazo añadía mayor drama a su historia personal. No entendía por qué había ocurrido una barbarie como aquella, y no comprendía y aceptaba que le hubiese sucedido a ella misma. Estaba recibiendo apoyo psicológico y su familia se volcaba mucho en ella para ayudarla a superar el duro momento que atravesaba.

La mujer ‘B’ contó algo parecido. Solo que en ella había algo diferente. Cuando hablaba, se le notaba una chispa de esperanza. Una aceptación de lo ocurrido, con vistas a: “bueno, la vida me ha traído esto, veamos qué es lo que me depara…”. Decía que la pérdida del miembro le había impactado mucho, pero que también suponía un reto al cual se debía enfrentar, y trataría dar lo mejor de sí misma.

Un año después, volvieron a entrevistar a estas dos mujeres…

La mujer ‘A’ se encontraba, claramente, en un estado depresivo profundo. No le encontraba sentido a la vida tal y como se encontraba actualmente. Su mente no salía de la tragedia de aquel día. Seguía lamentándose por la pérdida de su brazo, y decía que eso le había destrozado la vida. Continuaba en tratamiento psicológico y reconocía que sus familiares, aunque estaban ayudándola, también se sentían muy cargados y afectados por la situación. Le preguntaron lo que opinaba sobre los terroristas que perpetraron el atentado, a lo que respondió que sentía un profundo odio por lo que le habían hecho.

Cuando entrevistaron a la mujer ‘B’, se pudo ver a una persona muy diferente de la de hacía un año. Pero en este caso, el cambio era muy positivo. Se encontraba tranquila, irradiaba paz y serenidad. Decía que aquel día fue algo que le cambió la vida, y que aprendió a vivir con ello. Entendió que si había llegado a su experiencia, era porque de ello debía de aprender. Reconocía que la falta del brazo había sido un duro golpe, pero también agradeció el tener la oportunidad de superarse. Y, sobre todo, la oportunidad de seguir viva. En definitiva, enfocó todo como una prueba que atravesar y que le ayudaría a ser mejor persona, lo cual claramente había ocurrido.

Cuando le preguntaron sobre los terroristas, dijo que los había perdonado, porque entendía que no eran más que piezas de un gran puzzle, y que ellos mismos eran personas cargadas de problemas y dolor. Que habrían sufrido mucho en sus lugares de origen como para tener que realizar un acto tan desgarrador como el atentado de aquel día. Claramente, sentía compasión por ellos y les liberó de culpa.

Violación

No hace mucho escuché una historia que, a título personal, diré que me ayudó a encajar muchos aspectos sobre el perdón en lo que se refiere a mi propia experiencia, mi proceso de perdonar.

En esta historia se relataba el caso de una chica joven que había quedado con un chico. Él fue a recogerla en su automóvil. Fueron a una zona de campo, retirada, y allí comenzaron a beber. Luego aparecieron unos amigos de él, y tras más alcohol, terminaron abusando sexualmente de ella. Recibió una fuerte paliza también, pero vivió para contarlo.

Tiempo después acudió a una charla de terapia en grupo para víctimas de violación, donde contó su caso y cómo había conseguido perdonar a sus violadores. Las mujeres que la escuchaban no daban crédito, y le preguntaron cómo era posible que hubiera alcanzado el perdón hacia ellos.

Ella les contó que lo que le motivó a perdonarlos fue el superar aquella dolorosa fase. Porque si no lo hacía, seguiría anclada al pasado. Podía llegar a aprender a vivir con lo sucedido; pero si cada vez que recordaba la situación le llegaba una oleada de ira, indignación, tristeza… claramente seguía atrapada, emocionalmente, en aquel fatídico día. Y ella merecía vivir su vida libre de cargas.

Quería perdonar por ella, no por ellos. Alcanzar el perdón para vivir en paz y disfrutar su vida. Para soltar de una vez por todas la carga psicológica y emocional de aquella situación del pasado.

Deseaba ser plenamente feliz, sin estar pensando en lo que perdió aquel día. En lo que le quitaron o lo que le hicieron.

Dejar de cargar con una pesada cadena que la tenía enganchada a un evento de su vida que, aunque fuese muy traumático e importante, ya no existía más que en su recuerdo.

Comprendió que para logarlo necesitaba perdonar a sus violadores, y así poder soltar de una vez aquel pasado que la torturaba.

El análisis de la situación le ayudó a ver que aquellas personas debieron de estar cargando historias personales muy dolorosas. Porque alguien equilibrado, con el corazón sano, no hace cosas de ese tipo. Sólo una persona muy dolida, con mucho sufrimiento, puede llegar a hacerle tanto daño a otra persona. En realidad sólo está perpetuando el dolor que siente dentro de sí misma.

Esta joven mujer entendió que en vez de odio, lo que debía de sentir era compasión por aquellos pobres chicos, que a una edad tan tierna ya debían de tener un interior cargado de problemas, sufrimiento y dolor.

Una mujer presente en la charla le preguntó, con cierta indignación, si el hecho de cargar con problemas les eximía del acto y la responsabilidad de lo que habían hecho.

La joven dijo que no, y que esta forma de enfocar la situación no justificaba lo que ellos había hecho. Sin embargo, a ella le ayudaba a entender por qué había sucedido, viendo que realmente el problema era mucho más grande y se transformaba en algo social. Una sociedad donde la gente está tan herida que es capaz de hacer auténticas barbaridades.

Por otro lado, descubrió que ese evento era una prueba que debía superar. Y que nunca le llegaría una para la cual no estuviera preparada. El hecho de atravesar por algo tan duro le había dado una serie de recursos internos que muy bien podría utilizar para otras situaciones de su vida. Se dio cuenta que si miraba todo con una mayor perspectiva, en realidad salía ganando con lo sucedido, pues le había ayuda a transformarse en alguien diferente: mejor, más fuerte y sabia.

Poniendo todo esto en práctica

El trabajo del perdón, siguiendo la información aquí recibida, se transforma en una práctica diaria de aquella situación que quieras sanar.

Si alguien te llega con una fórmula del tipo: “supera en diez minutos los traumas del pasado”, bajo mi experiencia personal te digo que me parece un “cuento chino”. Historias de vendedores de humo.

Porque las raíces profundas no se sacan en diez minutos. Ese tipo de cosas no se extirpan quirúrgicamente, sino que necesitan de un viaje de comprensión por parte de la persona que está atravesando el proceso.

Es por ello que digo que ha de ser un trabajo diario. Donde dediquemos momentos a pensar en los tres pasos que he citado anteriormente.

El paso más importante es el primero, pues si no alcanzamos el entendimiento de que la otra persona hizo lo que hizo por sus problemas y sufrimiento interno, no conseguiremos llegar a la apertura emocional que facilite la compasión tan necesaria que hemos de sentir para poder trascender las emociones negativas hacia el verdugo.

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Para llegar a ello, hemos de empezar a ver la situación desde otra perspectiva. Salirnos de lo que nos hizo el verdugo -el enfoque personal- y tratar de ver la situación como una consecuencia de otro problema más antiguo. Y sí, sentir lástima y compasión por el dolor que la otra persona debe cargar en su interior. Para ello, es imprescindible que olvidemos temporalmente lo que nos hizo, para ver a esa persona como realmente es: alguien muy herido y dañado.

Sé que esto no es fácil (al menos al principio), pues tenemos una carga negativa tan fuerte hacia nuestro verdugo, con el recuerdo muy puesto en lo que nos hizo, que no vemos más allá y sólo sentimos ira, rabia y odio hacia esa persona. Pero con la decisión tomada de querer perdonar (recuerda que por ti, no por el verdugo), podremos abrirnos a la posibilidad de ver más allá y empezar a cultivar esa compasión que se necesita para alcanzar el perdón.

Una vez logrado, el resto se hace más sencillo, pues al sentir compasión sueltas casi la totalidad de los sentimientos negativos, por lo que entender e interiorizar el tercer paso se hace con mayor facilidad.

Conclusiones

Alcanzar el perdón es algo disponible para toda persona, sea cual sea su situación personal. Cuando alguien dice que no es capaz de perdonar, lo hace porque está enfocada, únicamente, en el dolor que siente. Continúa padeciéndose por la situación. Su ego sigue sintiéndose herido, y reclama justicia (en algunos casos, hasta venganza)

Pero si somos inteligentes y aprovechamos la situación, veremos que ante nosotros hay una gran oportunidad. Una muy hermosa, cargada de regalos. Se nos concede la manera de abrirnos más como seres humanos. Demostrar nuestro bello corazón. Ser capaces de empatizar con el dolor de los demás. Comprender que todos estamos conectados, y que lo que les ocurre a los demás también nos afecta a nosotros, pues no somos seres que viven aislados, con vidas totalmente independientes.

Todo esto nos ayuda a mejorar como personas. Alcanzar auténtica sabiduría (que no es lo mismo que inteligencia) desde la propia experimentación. Tener ante nosotros una prueba de este tipo se transforma es un regalo para conocernos y demostrar la esencia de la que estamos hechos.

Y recuerda que no se trata de hacer las cosas –perdonar- por el otro, sino que lo haces por ti mismo/a. Deseas liberarte de la tensión, la carga negativa, el pasado, y poder caminar libremente hacia una vida mejor. Y hacer eso pasa, irremediablemente, por soltar el vínculo de dolor que te une con tu verdugo. Para ello, la comprensión de la situación a un nivel más amplio, tal y como se ha contado en los pasos descritos anteriormente, es totalmente imprescindible.

Tal y como cuento en el artículo “Todo lo que en la vida sucede, conviene”, las cosas siempre suceden por una razón. La vida no da punzadas sin hilar…

Espero que te haya gustado este artículo, y que en tu historia/caso personal te ayude a encontrar la paz que necesitas en tu vida, la cual llegará en mayor medida si realizas actos de perdón, consiguiendo perdonar a aquellas personas y situaciones que tiempo atrás te dejaron un gran dolor. Pero que, sin duda alguna, te han ayudado a ser la persona que eres hoy en día.

Si te apetece, deja aquí abajo un comentario hablando sobre tu opinión respecto al tema tratado. O si quieres, háblanos sobre cómo alcanzaste tú el perdón en una situación particular. Será un placer leerte.

Un abrazo.

Óscar Martín.

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