¿Te has preguntado alguna vez cómo dejar ir?

Quizás sí que lo hayas hecho, pero no sabes cómo llevarlo a cabo. Encuentras gran dificultad en soltar ciertas situaciones o personas. Te es muy difícil el propósito de dejar ir.

Pero, ¿y por qué hacerlo? ¿Quién dice que eso sea lo correcto?

En este artículo vamos a hablar sobre todo lo relacionado con dejar ir. Así que si este tema te interesa, ponte cómodo o cómoda, porque vamos a ‘zambullirnos’ en él…

El apego

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En la naturaleza del ser humano se encuentra la capacidad de apegarnos. Y, en diversos contextos o grados, el apego no es negativo.

Por ejemplo: si desarrollamos un vínculo emocional con un puesto de trabajo, generaremos cierto nivel de apego, el cual nos puede ayudar a valorar algunas cuestiones (como podría ser el trato con la gente, la confianza, cierta estabilidad…) a la hora de tomar una decisión sobre si dejarlo o cambiar de trabajo. No todo es pensar de forma analítica y racional; el aspecto emocional es vital en la vida del ser humano, así que esas razones hay que tomarlas muy en cuenta.

Esto también nos ocurre con las personas. Los vínculos emocionales desarrollan cierto apego. Es por eso que escuchamos ciertas frases como “le he tomado cariño”, para definir esa unión emocional con alguien, que aunque pueda no ser profunda, sí que establece una conexión la cual ha generado cierto apego.

Y, como decía anteriormente, eso no es negativo.

El problema llega cuando el nivel de apego es alto. Hablar del apego es todo un tema; pero para el caso que nos ocupa, se podría resumir en que el apego se vuelve nocivo para una persona cuando éste se genera de forma desmesurada.

¿Y qué es lo que hace que ello ocurra? La dependencia.

Generamos dependencia cuando algo o alguien nos importa demasiado. Y esto ocurre debido a la valoración que le damos, la cual suele ser muy alta porque, en nuestro interior, se generan vínculos que nos aportan algún tipo de beneficio.

Sin beneficio no hay dependencia. Y sin dependencia no hay apego. Grábate esto a fuego, porque es clave para entender el concepto del apego.

Nos apegamos porque dependemos y obtenemos un beneficio de ello CLICK PARA TWITTEAR

Un ejemplo muy claro de apego, y común, es el de las relaciones de pareja. Más allá del amor que pueda existir entre dos personas, los vínculos de apego son muy comunes debido a cómo nos sentimos al estar junto a ellas.

Existe un apego ‘bonito’, y éste podría ser el relacionado con los sentimientos de amor que tenemos hacia la otra persona. Estos sentimientos nos hacen experimentar estados de dicha; a nivel biológico, nuestro cuerpo genera sustancias químicas como la dopamina, adrenalina y norepinefrina.

Pero tenemos también la otra cara de la moneda. Una persona puede confundir el amor con necesidad. Alguien con baja autoestima podría tener la necesidad de tener a su lado a alguien que le aporte seguridad. También que le dé muestras de cariño (porque mucho le falta en su vida, sobre todo de sí misma). Esto hace que se cree un vínculo de dependencia hacia la otra persona, debido a que obtiene beneficios de esa relación.

Está claro que en cualquier relación siempre habrá beneficios; de hecho, la asociación no se formaría si las partes no salieran ganando algo. Pero una cosa es mantener una relación porque es conveniente, y otra muy distinta tenerla porque dependemos de ella y la necesitamos para subsistir (desde el aspecto psicológico y/o emocional).

¿Por qué dejar ir?

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En este pequeño ‘repaso’ que le hemos dado al tema del apego, podemos comprender fácilmente que generar un apego excesivo por algo o alguien genera un vínculo nocivo.

¿Por qué nocivo? Porque en el momento que dependes de algo, dejas de ser tú mismo para convertirte en un ‘esclavo’ de tu objeto de deseo.

Pierdes tu independencia, el poder personal. Tomarás decisiones y acciones basadas en aquello de lo que dependes.

Y aunque es normal tener en cuenta algo que hay en tu vida y lo que te aporta, como en el ejemplo que comentaba al principio del artículo, sobre valorar lo que emocionalmente te puede aportar un determinado puesto de trabajo, si dependemos de ello para tomar ciertas decisiones, y éstas están basadas en el miedo a la pérdida, actuaremos siempre desde una posición de falta de empoderamiento.

Cuando estar ‘atado’ a algo te anula como persona, te impide seguir adelante sin aquello a lo que estás vinculado, tienes claramente un problema de apego y dependencia. Y esto nunca sumará en tu vida, sino que restará.

Los impedimentos

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Como decía anteriormente, en toda situación donde haya un apego excesivo hacia algo o alguien hay, claramente un beneficio de ello.

Y es este beneficio lo que crea impedimentos para soltar el apego y dejar ir.

¿Por qué es tan difícil dejar ir? La respuesta la obtendrás al mirar dentro de ti y observar las emociones que se generan al pensar en aquello hacia lo que estás apegado.

Cuando eres consciente de lo que ‘te ata’, descubres el impedimento para dejar ir el apego y la necesidad. Y este paso es clave para iniciar el proceso de dejar ir.

Donde hay conciencia puede nacer la responsabilidad. Pero si no sabes… no podrás pasar a la acción.

Es por ello que antes de iniciar el proceso de dejar ir, se hace imprescindible conocer los motivos por los cuáles estás apegado a algo o alguien.

Volvamos al ejemplo de la persona con baja autoestima. Tal vez al pensar en su pareja sienta que su corazón se acelera. Aparecen fuertes y bonitas emociones; siente claramente eso que, en pareja, se llama amor. No hay otra persona con la que quiera estar, y se entrega en cuerpo y alma a su relación.

Esto es lo que puede, en principio y de forma superficial, sentir si mira dentro de sí. Pero si realiza un examen más profundo y piensa en que esa persona no está en su vida, podrán aparecer otro tipo de emociones: miedo, sufrimiento, desamparo, vacío.

Podrá pensar que son consecuencias de dejar ir a la persona que quieres, perderla. Pero, de nuevo, ese es el análisis superficial. Porque si mirase más dentro de esas emociones, se daría cuenta que lo que teme es estar sola. Que le da pánico volver a sentir el vacío de estar consigo misma, sin nadie que la esté brindando cariño y atenciones.

Si mirase en mayor profundidad aun, descubriría que hay una herida antigua, sin sanar, que pide a grites que sea solucionada con amor propio, atención a sí misma. En vez de buscarla fuera, donde todo es temporal. Tanto, que lo que hoy recibes de una persona mañana puede ser que no, porque igual que vino… se puede ir.

Pero lo que siempre perdurará es aquello que te des a ti mismo.

Realizar un análisis a conciencia de cuáles son los miedos que se desatan al pensar en dejar ir algo es el primer paso para iniciar un cambio.

¿Cómo dejar ir?

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Al pensar en dejar ir algo a lo que estamos apegados, se pueden desatar muchas emociones contradictorias e intensas. Y cuando dichas emociones están llenas de miedo, aparece nuestro ego ‘bombardeándonos’ con preguntas:  “pero…  ¿cómo dejar ir a alguien a quien realmente amas? ¿Cómo dejar ir las cosas? ¿Cómo dejar ir el pasado? ¿Cómo dejar ir un amor? ¿Cómo dejar ir a alguien? ¿Cómo, cómo, cómo…?”

Y cuantas más dudas nos surgen, más complicado se vuelve todo.

Me gustaría que te fijases en un sencillo y claro ejemplo, proveniente de unos de nuestros mayores maestros: los niños.

Un niño puede estar en una clase en su colegio, donde tendrá relaciones con otros niños. Alguno podrá ser su ‘mejor amigo’. Disfrutará con los juegos que realicen, los momentos compartidos. Si celebra su cumpleaños y hace una fiesta, podrán ser sus amigos de clase los primeros en la lista de gente a la que invitar.

Si ese niño, por el motivo que sea, es cambiado de clase o colegio, podrá tener algunas emociones dolorosas respecto a la pérdida de sus amistades escolares. Pero aceptará el cambio, hará nuevos amigos y disfrutará de ello.

¿Por qué? Porque no basa su felicidad en esas personas.

Evidentemente no es consciente de ello y lo hace por instinto. Como tampoco será consciente de que sentirse bien y disfrutar de la vida depende únicamente de sí mismo. Los otros niños, al igual que los juguetes y los juegos, son complementos, medios para experimentar ciertas situaciones. Pero al final quien siente la alegría y la felicidad es el niño, así que tener ese estado es algo suyo.

No es algo que otra persona le da, sino que es suyo por derecho propio, independientemente de quien haya en su vida.

El mayor problema a la hora de dejar ir se encuentra en las emociones que se generan en nuestro interior. Si lo que tratamos es dejar ir algo que quieres, el conflicto es mayor porque, realmente, una parte de ti no desea hacerlo. Pero otra parte tuya sabe que hacerlo es lo mejor.

¿Cómo hacer, entonces? Es la famosa ‘pelea’ entre cerebro y corazón: en tu cabeza aparecen ciertas decisiones, pero dentro de ti se generan otras.

Un momento… ¿realmente habla nuestro corazón? ¿O es más bien la emoción, sustentada por el miedo, la que está diciendo que no lo dejes ir? “No dejes ese trabajo, que llevas mucho tiempo ahí, y te guste o no estás más o menos seguro… No dejes a esa persona, porque aunque discutáis mucho también os queréis, y es mejor estar con alguien que te dé algo de cariño a veces a no estar con nadie”.

Miedo, necesidad, carencia… esto es lo que suele ir vinculado a las emociones que te impiden dejar ir algo que sabes que ya no debería estar en tu vida.

Pero si eres capaz de realizar un ejercicio de calma y silencio, centrarte en tu corazón y desde ahí pedirle una respuesta, dejando a un lado las preferencias personales, tus gustos e intereses… entonces te dirá qué es lo que te conviene realmente. Y te aseguro que no será una respuesta basada en el apego y la necesidad. Sino algo sustentado por el amor. Y tener amor propio es la primera forma de sentir amor, lo cual muchas veces implicar dejar ir a algo o alguien que quieres, pero que desde el corazón sabes que ya no es momento de seguir unido a ello.

Si realizamos un viaje a nuestro pasado, ‘buceando’ en los recuerdos, yendo a nuestra niñez, estoy seguro que podremos encontrar situaciones donde se crearon inseguridades a la hora de recibir amor, sustento, seguridad. Tal vez papá y/o mamá no daban las muestras de cariño que necesitabas. Quizás sufriste carencia en algún aspecto material o emocional. Pudiera ser que, por alguna razón, te sentías desprotegido, sin una figura protectora que cuidase de ti.

Este tipo de situaciones crean traumas que arrastramos con el tiempo. Y esa ‘energía’ queda retenida en nuestro interior. Una parte nuestra, ese niño herido que sufrió aquellos eventos, queda atrapado en nuestro interior. Y toma el control cada vez que, a día de hoy, aparece una situación similar. Porque el conflicto no está resuelto.

Para comenzar a dejar ir y poder tratar ciertos eventos del pasado, te dejo aquí una serie de consejos.

Encuentra el origen

Buscar la explicación a los miedos e impedimentos actuales mirando hacia el pasado. Entender la causa, el origen de algo, te facilitará la conciencia para entender por qué hoy experimentas ciertos sucesos. ‘Viaja’ a tu infancia, a eventos del pasado que tengan paralelismo con lo que te sucede a día de hoy.

Tu niño interior

Una vez visto el origen, ‘abraza’ a ese niño herido. Para ello puedes realizar algún tipo de ejercicio de relajación, y dentro de ti hablar con ese niño que sufrió en el pasado. Decirle que hoy no tiene por qué tener miedo. Que ahora hay un adulto (tú) que cuidará de él. Le dará el amor, cariño y sustento que necesita. Le protegerá; ya no estará solo, ahora tiene con quien contar.

Este ejercicio es muy poderoso, pero no se trata de hacerlo una sola vez. Tu niño interior puede no querer mostrarse, o tal vez desconfiar. Sea como fuere, repite este ejercicio varias veces a lo largo del tiempo (una o dos veces por semana), hasta que te sientas cómodo con ello e integres esa parte de ti que quedó herida en el pasado. Si el trauma es muy fuerte, visita a un profesional especializado que te ayude a superarlo.

En cualquier caso comprender y tener conciencia del origen del problema, y aceptar e integrar lo que ocurrió, nos abre la puerta a poder soltar la carga negativa de aquel entonces.

Supérate a ti mismo: pasa a la acción

Todo acto de superación personal exige un ‘pago’ para obtener el beneficio. Salir de la zona de confort es incómodo, da miedo; pero fuera de ella se encuentra la posibilidad de encontrar lo que deseas, ya que en el lugar en el que estás no tienes lo que quieres.

Pasar a la acción te lleva, inevitablemente, a enfrentar el conflicto desde el empoderamiento y la autodeterminación. Esto es que tú decides hacer algo, y aunque una parte de ti no lo desee, lo haces. Dejar ir a una persona o una situación puede significar lo mismo que dejar una adicción (como el tabaco, comer demasiado, la vida sedentaria…): habrá un momento de gran resistencia, cuando comienzas a pasar a la acción. Hay cambios en tu vida y te has de acostumbrar a ellos. Se generarán emociones diversas, algunas de ellas muy incómodas. Pero todo esto es necesario y temporal para llegar donde te has propuesto.

Hay una frase que me encanta, y dice: “no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista”.

En resumidas cuentas quiere decir que el dolor y la incomodidad no van a ser tan grandes como imaginamos (en nuestra mente sí lo es, pero la realidad es que ni siquiera se acerca) y que será durante un lapso de tiempo, que tampoco será tanto como pensamos.

Quien se propone hacer algo, lo consigue. Y no es cuestión de voluntad personal, fortaleza… es, simplemente, propósito. He conocido personas que decían no tener fuerza de voluntad para hacer muchas cosas; y luego, tras proponerse algo, realizar actos increíbles. Cosas que ni ellas mismas se imaginaban.

¿Acaso esas personas tienen alguna habilidad especial? ¿Cuentas con recursos extraordinarios? ¿Tienes aptitudes y dones que les facilitan la tarea?

No. Únicamente tienen algo que les ayuda: actitud. Tras haber pasado por mucho sufrimiento por aquello que quieren dejar ir, pero que no lo han conseguido, llegan a un momento donde se comprometen al cien por cien a lograr su propósito. Y ahí es cuando encuentra la fuerza y los recursos interiores para llegar a su meta.

Conclusiones

Dejar ir es un acto que todos podemos realizar. Y conlleva muchas ventajas. Si no hubiera ninguna, no pensarías en dejar ir a una persona que no te conviene, o una situación que te causa problemas. Los mayores conflictos se encuentran en asociaciones que hacemos con sufrimientos del pasado, y que pueden hacernos que, actualmente, generemos relaciones de dependencia porque algún beneficio obtenemos.

Pero salir de todo esto es posible para todos. Y esto comienza por la toma de conciencia de la situación y el propósito de realizarlo. La apuesta personal es de vital importancia, pues sin el ‘querer’ no hay ‘poder’.

¿Hay alguna situación que quieres dejar ir y no encuentras la forma? ¿Crees que no tienes recursos para ello y no sabes dónde o cómo encontrarlos? Deja un comentario en este artículo, estaré encantado de leerte y ayudarte en lo que esté en mi mano.

Un abrazo.

Óscar Martín.

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